martes, 16 de agosto de 2011

Sr. López, su hijo nos debe un caballo





El apacible baño de río lo interrumpió un disparo. De inmediato hubo un relincho y uno de los caballos emprendió una desbocada carrera. Todos los que estaban dentro del agua miraron asustados hacia donde me encontraba. Aún tenía  la escopeta en la mano y seguramente tenía un color más blanco que el natural de mi piel.  Mi cerebro no atinaba a enhebrar ni una sola palabra en mi boca. Yo era la explicación.

La inolvidable temporada  de vacaciones en esa finca de tierra caliente, la experiencia que durante cinco meses tejí la acababa de malograr con  mi inexplicable, impertinente y peligroso sentido del humor. Apenas habían transcurrido cinco horas de mi arribo y obviamente  comprendí que en contados minutos debería devolverme a Bogotá.

Ese viaje de fin de año al municipio cundinamarqués de Nimaima comenzó a ser  planeado desde el mes de agosto. La invitación corría por cuenta de Renzo el Gitano,  un vecino de la  adolescencia en el barrio La Soledad.

Renzo era Carlos, pero le decíamos así por su gusto por la novela que se transmitía por televisión por esos meses. Inclusive, cerca también vivía Natacha, una hermosa empleada doméstica cuyo nombre también provenía de una conmovedora producción mexicana  en la era del blanco y negro. 

El plan de descanso tenía como destino una pequeña finca panelera propiedad de los parientes de Renzo. Estaríamos 15 días de las vacaciones escolares de fin de año. La ilusión de ese viaje hizo que ahorrara dinero para comprarme algunos menajes de explorador y que pasara  noches despierto imaginándome esa experiencia.

Llegó el día y  la madrugada de un sábado emprendimos el camino. En la calle 13, cerca de la Estación de La Sabana, tomamos una de las tradicionales flotas  amarillas San Vicente. Presentía que me iba a marear, como siempre me sucedía, pero ese incidente era ya parte de mis vivencias.

Fueron tres  horas de marcha automotora hacía el occidente del departamento. En La Vega desayunamos avena fría con roscón, alimentos que desafortunadamente poco tiempo estuvieron en mi estomago. Pasamos por el municipio de Nocaima y llegamos al pueblo de destino.

Allí esperamos para que nos recogieran los dueños de la finca. Llegaron sobre sus cabalgaduras y sobre ellas estuvimos una hora hasta llegar a la finca. Hacia calor y el olor de panela que brotaba de los trapiches endulzaba el montañoso paisaje.

Nos asignaron una habitación y luego de descargar las mochilas y entregar unos presentes a los anfitriones, fuimos al trapiche. Conocí el proceso de fabricación de la panela, la probé cuando está aún en la paila en ebullición  y la acompañé con un vaso de leche. Caminamos un rato por los alrededores y llegó el medio día, hora de un fantástico almuerzo servido sobre hojas de plátano que hacían de mantel.

Don Rafael, el dueño del inmueble rural nos anunció que luego de “hacer siesta” iríamos al río a bañarnos porque  el calor  era  muy fuerte.

Una  hora después y a caballo nos dirigimos a refrescarnos. . Cruzamos la montaña y llegamos al río. Fui el último en quedar en pantalón de baño. Me daba vergüenza que se burlaran de mi color de piel como en efecto ocurrió.

-         Huyyy miren a nuestro visitante como es de moreno, jajajaja, parece un pisco blanco. y se reían.

Espere un rato a que disminuyera  al ritmo de las risas y mientras tanto observé a mi alrededor y fue cuando la vi. Estaba recostada sobre una piedra. Era una hermosa escopeta, muy parecida a las que fabricaba con los palos de las escobitas de mis hermanas, y las tablas de los cajones en donde llegaban los tomates. Esas armas largas las elaboraba  para mis amigos  del barrio y con ellas jugábamos a los vaqueros.

Me acerqué para observarla mejor y decidí agarrarla.  La miraba extasiado y un ruido hizo que levantara la mirada. Uno de los caballos comenzó a orinar. Asocie entonces la palabra pájaro con disparo, como en las películas levanté la escopeta y dirigí el cañón hacía el pájaro del equino.

Me dispuse a hacer el tradicional  disparo mental con su onomatopeya ¡Pum! y dejar la escopeta en su sitio, cuando en verdad salió una bala, el sonido fue real y el movimiento de la escopeta me hizo soltarla.   

El pobre jamelgo relinchó y emprendió carrera  por entre la maleza. Don Rafael emitió un sonoro grito. Toda la familia salió del agua. El dueño de la finca, se acercó, su cara estaba pálida como la panela que hacía, recogió su arma, se acercó a su esposa, le dijo algunas palabras mientras manoteaba airadamente y con dos de sus hijos y el mayordomo montaron en sus caballos para ir detrás del animal..

Mientras tanto, mi amigo Renzo no atinaba a decir nada. Solamente me miraba y su palidez debió ser como la mía, o mejor como la de todos.  La esposa de Don Rafael, se acercó y me dijo de muy malas pulgas que me vistiera que nos devolvíamos para la casa.

La vergüenza me obligó a no salir de la habitación. Renzo ya había descargado su inconformidad con mi indescriptible proceder. Salió de la habitación y al rato regreso con expresión de angustia. A lo lejos logré oír a la dueña de casa intentado tejer  un perfil sicológico mio.

-         Jhonny, la cagó y por su culpa tenemos que irnos ya, manifestó Renzo. Mi tío Rafael no nos quiere ver por acá cuando regrese de buscar el caballo. Así que coja su mochila y camine, dijo con unl timbre cargado de  congoja.

Así fue, salimos. Los integrantes de la familia estaban pendientes de nuestra ida. La única que se despidió fue la pequeña hija de cuatro años. El hijo del mayordomo nos acompañó hasta Nimaima para emprender el regreso. Carlos no decía nada. Nos acomodamos en los asientos de la flota y ésta emprendió el retorno.

El bus se fue llenando de pasajeros. Luego de pasar por La Vega, se subieron un grupo de chicas quienes tuvieron que viajar de pie. Su alegría fue contagiosa. Una de ellas  me pidió el favor de llevarle una grabadora con tornamesa incluido, aparato que quedo conmigo cuando bajaron y lo olvidaron. Conté a Renzo lo que había pasado y se puso muy contento. Le dije que no había problema que podía quedarse con ese equipo si prometía no decir nada de lo ocurrido en mi casa.

Sorprendida mi familia me recibió y  explique que el dueño de la finca  había enfermado y tuvo que ser hospitalizado, razón por la cual su esposa debía permanecer con él y no quedaba  quien nos atendiera.

Pasaron unos 15 días cuando a mi casa llegó una comisión de Nimaima. Estaba Don Rafael y uno de sus hijos, los acompañaban Renzo, la mamá y su bella hermana. Pidieron hablar con mi papá quien los hizo seguir.

-         Miré señor López, dijo Don Rafael, el día que Jhonny y Carlos estuvieron en mi finca, su hijo cometió una gran imprudencia y le disparo a uno de mis caballos, el cual del susto se espantó, se desbocó y rodó por uno de los abismos. Lo tuve que sacrificar. Así que me deben el animal.

Mi papá, mi mamá, seis de mis hermanos y hasta la empleada doméstica lanzaron sus miradas hacia mi. La exclamación de mi madre fue la que rompió el asombro:

-         ¿Cómo? ..que el Jhonny le disparó a uno de sus caballos, ¿no puede ser? Si yo le he enseñado a comportarse a no coger lo que no es de ellos, “puñetero chino”, tradicional frase de disgusto de ella….

Mi papá estaba mustio. En silencio. Apoyaba la quijada sobre su  puño derecho.

Don Rafael explicó con mucho detalle lo sucedido y matizó su denuncia con lo importante que era ese animal para su finca porque ayudaba en el proceso de fabricación de la panela. A renglón seguido solicitó que que le repusieran ese caballo.

¿Y de cuanto dinero estamos hablando? Preguntó el viejo….

-         Pues no sé aún, respondió Don Rafael, porque la verdad esa bestia ya estaba vieja. Pero lo que en realidad deseaba era que ustedes se enteraran para que Jhonny no vuelva nunca más a cometer esas locuras.


-         Más bien Señor López, continuó, Carlos me contó que usted es veterinario lo que le propongo es que me ayude a conseguir con sus amistades un buen caballo y a un buen precio y listo. Eso es todo. Entonces a través de Carlos me avisa.    

A las pocas semanas mi viejo logró que le vendieran un bello potro a Don Rafael. El asunto quedo saldado, pero me extrañó que no me volvieran a invitar.





















lunes, 8 de agosto de 2011

Aunque Ud no lo crea, gané en Concéntrese


Paradojas de la vida: Un despistado como yo, se inscribe al entonces famoso programa de concurso de la televisión colombiana  “Concéntrese”  que como su nombre  -más que obvio-  indica la cualidad del participante y  sin saber aún cómo, fui ganador.

Sucedió hace 26 años. Recuerdo todavía la expresión de don Julio E. Sánchez Vanegas, presentador y dueño de JES, una de las importantes programadoras de televisión durante cuatro décadas, cuando  preguntó quien había hecho el mayor número de parejas y le respondí que no sabía.


-         Pues es muy fácil señor concursante, respondió de inmediato. Solamente cuente los globos que tiene cada fajo de billetes a su lado y después los de su contrincante.

Efectivamente, conté los globos y sumaron ocho mientras que mi adversaria tuvo siete. Solamente hasta ese momento, finalizando el programa, supe que había ganado la no despreciable suma de 75.000 pesos (un millón hoy),  un televisor a color, un juego de alcoba con  cama doble y un cubre lecho.

Así que hice  una insólita presentación en un concurso que exige absoluta concentración,  en donde nunca supe que pasó y sin embargo resulté vencedor.

Este golpe de suerte se inició en una  soleada tarde bogotana de un lunes del mes de julio, cuando pasaba por el Centro de Convenciones Gonzalo Jiménez de Quesada, en Bogotá, sobre la calle 26, abajo de la carrera 13 y observé una larga fila. Pregunté para qué era y un señor de edad me respondió que para inscribirse a Concéntrese. No tenía afán así que decidí anotarme.

Pasaron las semanas y la expectativa por  salir favorecido se diluyó completamente hasta cuando el primer domingo de septiembre mi entonces esposa, me dijo que mientras había salido a comprar algunas cosas con mi hijita, habían llamado de “Concéntrese” para que asistiera al otro día en horas de la tarde a la grabación n el mismo centro de convenciones.

Recuerdo eso sí que antes de salir para ese lugar, llamé desde mi trabajo en la campaña presidencial de Virgilio Barco y le dije a mi consorte que “iba a ganar”.  Esa tarde grababan dos programas del  conocido concurso. Sortearon participantes para el primero y no salí favorecido. En verdad que no lo esperaba.  

Terminó la primera grabación y anunciaron los seis concursantes que en duelo de a dos, se batirían respondiendo preguntas preestablecidas. Quienes tuvieran los mayores puntajes serían los rivales a enfrentarse en Concéntrese. La primera pareja tuvo un pésimo puntaje, la segunda, una joven y yo, también. Pero la tercera, estuvo peor. Quisiera recordar algunas de las preguntas, pero sobre todo mis estúpidas respuestas, porque sé que las hubo.

Así que con  uno de los puntajes más bajos en la historia de ese concurso, éste servidor y amigo junto con una señora pasamos a batirnos demostrando quien de los dos tenía el poder de la concentración.


Ubicados ya dentro de unas cabinas aislantes de sonido y mirando el tablero con sus 30 cuadros se inició el duelo. Pasaron varias posibilidades de hacer parejas y Don Julio E. nos llamó la atención. Habíamos dejado pasar varias oportunidades de unir dúos. Si  no lográbamos, habría cambio de concursantes.

Mi rival logró la primera pareja y así no salvamos de salir por la puerta de los despistados. Poco a poco, creo que mejor lento, fui haciendo puntos. Desperdicie muchas oportunidades, no logre hacer tres  seguidas. Por cada acierto, una bella asistente ponía cerca de la cabina un fajo de billetes con una bomba inflada de gas y que anunciaba el número de parejas hechas.

Así que de tumbo en tumbo fui participando hasta que se acabaron las opciones y apareció el famoso jeroglífico que estaba acumulado en  500 mil pesos. El animador me dijo entonces que adivinará y estuve muy cerca de acertar. Aún así no sabía si yo era el ganador.

Vino luego la pregunta de Don Julio E. quien no pudo ocultar su ofuscación cuando le respondí que no estaba seguro de ser el vencedor. Finalizado el programa, se acercó la contrincante y muy seria me dijo:

n      Oiga, deberíamos repartir el premio, porque yo era la que debía ganar. Usted todo el tiempo se la pasó en otro planeta.

Me miró bien feo y se fue con un acompañante. 

Los premios me los entregaron un sábado de septiembre. Exactamente era el Día del Amor y la Amistad. Cambié el cheque y nos fuimos esa noche con mi mujer, mis hermanos y sus parejas  a las discotecas de la  famosa avenida Pepe Sierra a celebrar tamaña suerte. Y todo por haber estado “concentrado”. ¿Qué tal si no?




lunes, 1 de agosto de 2011

..y de negro todo estuvo pintado




Me llamaron a almorzar y decidí interrumpir el proceso de cambio de color de unas tablas. Puse la tapa sobre el  recipiente en donde estaba la pintura negra que había trasvasado de su respectivo tarro.

Dejé  la brocha en remojo con tiner, limpié manos y antebrazos. No hubo nada que lamentar como en otras múltiples ocasiones en donde derramé pintura, teñí la ropa  o como aquella vez que pinté la bota vaquera derecha al no acordarme que el balde con pintura estaba junto a la banquita desde donde cambiaba de color el techo.

Estaba en la terraza y con tantas malas experiencias esta vez fui muy precavido. Me puse ropa vieja, tendí papel sobre el piso, cada movimiento lo calibre y así mi labor de pintor estuvo alejada de la posibilidad de causar algún daño a algo o alguien.

Al rato bajé por la escalera de caracol que se ubica dentro de un pequeño patio de ropas y me  dirigí a almorzar. Finalizábamos el exquisito  ají de gallina preparado por la suegra, cuando ella solicitó un poco de pintura negra.

Por la tarde fui nuevamente a la terraza para bajar la pintura. Obviamente que no recordé que únicamente había puesto la tapa sobre ese envase plástico. Así que tome dicho recipiente no por la parte inferior, sino nada menos que por la superior, o sea por la tapa.
Ésta no se soltó en el acto porque la pintura la había adherido.

Bajaba por la escalera de caracol y en la mano derecha llevaba la pintura y en la izquierda la brocha. Iba sobre el segundo piso, cuando de pronto el recipiente se soltó y quede solamente con la tapa entre los dedos pulgar e índice.

En segundos, gran parte de los que estaba blanco en el patio de ropas desapareció para dar paso a su antónimo color: el negro.

No podía ser. Unas prendas que estaban allí tendidas, la lavadora, el piso y una pared con pecas negras quedaban allí, producto de mi inevitable desacuerdo entre lo que pienso y lo que hago.

Terrible. Hice cuentas del tiempo que disponía para enfrentar la emergencia  mientras mi esposa y su mamá dormían la siesta y aproximadamente calculé una hora para efectuar la más rápida operación “no a los rastros”.

Así que lo primero fue buscar el desmanchador y recoger la ropa afectada. Subir a la terraza y en un balde con agua echar el químico y dejar allí la ropa en remojo. Luego, bajar tiner y papel periódico. Tomar el recogedor de basura y una lata para acopiar el espeso líquido, empapelar la lavadora y el piso para absorber pintura.

Después acudí  a algunas de mis camisetas de algodón para que sirvieran de trapos, untarlas del maloliente tiner y comenzar a limpiar el electrodoméstico y el piso que afortunadamente es en baldosa. Era verano, sudaba, la presión por el tiempo me angustiaba, pero poco a poco el blanco iba apoderándose del patio de ropas.

Estaba finalizando cuando la puerta se abrió y apareció mi esposa.

-          ¿Y eso…. qué hiciste?
-          Ahhhh, que bajaba con la pintura y se soltó el frasquito.
-          ¿Y la ropa de que estaba ahí la botaste?
-          Noooo, está arriba entre el desmanchador ……
-          Ayyyy noooo, esa ropa es de mi mamá y ya sabes como se pone cuando haces alguna pilatuna…..

Y de inmediato subió a rescatar esas prendas. Desafortunadamente ni mi rápida reacción las salvo.  Lo que si logré rescatar fue la lavadora y el piso. Demoré en remediar las pecas negras de la pared, porque debí salir a la ferretería para comprar pintura color beige y darle una buena mano de brocha. La suegra no se dio cuenta.

Terminada la reparación de males y el propósito de enmienda, le confesé a mi suegra mi pecado y de paso dí gracias porque esta vez  la suerte no me llegó tan negra.



domingo, 24 de julio de 2011

Peligro en el escenario (2)


A la semana siguiente tuvimos otra presentación. Ésta fue en el desaparecido teatro Miramar, ubicado en la carrera 18 con la calle 43 y propiedad de los sacerdotes de la comunidad Carmelita, de la iglesia Santa Teresita.

El grupo ensayaba sin contratiempos. La coreografía más exigente correspondía a un baile ruso llamado, Kasatschok que como casi todos los ritmos cosacos son fuertes y se asemejan a las sesiones modernas de los aeróbicos fuertes.

Básicamente los pasos de este baile se basan en saltos y movimientos corporales que dibujan  diversas figuras. Uno de ellos consiste en agacharse y lanzar las piernas hacia delante, ponerse inmediatamente de pié y volver a lanzar patadas al aire seis veces.

Así que prácticamente con el Kasatschok ejecutábamos  toda una sesión de aeróbicos que nos dejaba absolutamente extenuados.

Los vestidos para el baile eran los usados tradicionalmente por estos famosos guerreros rusos y ucranianos, consistentes en gorros de piel pantalones bombachos y botas altas, para montar a caballo.

Pues bien. Todos teníamos nuestras vestimentas aportadas por la directora y las veces que faltaba alguna prenda o accesorio, el que pudiera aportarlo lo hacia. Un compañero y yo tuvimos  problemas con la dotación de botas.

Una de las bailarinas logro conseguir lo dos pares. Las que me entregaron, me quedaron a la medida, eran de un estudiante de academia militar, mientras que las de mi compañero, que era de mi misma estatura, era confeccionadas en una imitación de cuero blando y dos tallas más grandes.

Todos mis ensayos fueron perfectos, mientras que mi compañero sufría por las botas pese a que la directora decidió amarrárselas con una cinta negra.

Llegó el día de la presentación. El baile ruso estaba programado como tercero, luego del sabroso Jarabe Tapatío y de un baile flamenco interpretado solo por las mujeres.  Así que  teníamos tiempo suficiente para cambiarnos de vestuario.

Como ya era un fumador empedernido, y desafiando las instrucciones, salí unos minutos con mi vestimenta mexicana a prender un cigarrillo. Luego a las carreras fui a vestirme para el otro baile y encontré que el  vivo de mi compañero se había puesto mis botas y se había escondido.

Nada que hacer. A ponérmelas y en verdad que tendría problemas porque se salían fácilmente. Así que recurrí a mi astucia y decidí rellenarla para ejercer presión. Metí la cajetilla de cigarrillos, hojas de periódico, unas medias y mi pañuelo. Ensayé algunos pasos, no tendría ningún apuro.

Salimos a escena, se corrieron las cortinas y el Kasatschok sonó http://www.youtube.com/watch?v=wD7SCjhYQrc&feature=related

Comenzamos la coreografía, saltos acá, allá, en la mitad, todo bien. Llegó el paso de lanzar las piernas hacia adelante, tres,  cuatro, cin…. cuando de repente la bota derecha salió hacía el público y el bazar que en ella había quedo regado en el piso del escenario.

Afortunadamente, uno de los asistentes de la primera fila logró agarrar el calzado en el aire, como si atrapara la bola del jonrón de un juego de béisbol. Las risas no pudieron ser más escandalosas. El público, sin excepción batió mandíbula y aunque después vino el tradicional aplauso de consolación, el daño ya estaba hecho.

Mi porvenir como danzarín acababa de quedar cojo.  

lunes, 18 de julio de 2011

Peligro en el escenario (1)



Siempre sentí inclinación por el baile. Fue así como durante  el bachillerato hice parte del grupo de danzas. Cursando el último año, fui invitado por la novia de un compañero a hacer parte de su grupo folclórico, que ya llevaba algunos años de presentaciones.

El desgaste era muy fuerte, porque además de ensayar para la ceremonia de clausura del colegio, hacía lo propio para el grupo, que también estaba invitado para un certamen académico que se efectuaría en el teatro Jorge Eliécer Gaitán.

Con el centro educativo teníamos montados bailes de nuestra cultura, como joropo, mapalé, pasillos y bambucos. Para la otra actividad, los temas eran internacionales: Jarabe Tapatío, danza rusa, bailes andinos y Mambo.

Tanto entrenamiento me hizo bajar cerca de cinco kilos y además por mi inolvidable constitución, llegue a pesar 49 kilos. Aún así el ánimo y la fuerza física para las  coreografías no fallaba.

Mi pareja en el grupo de danzas privado, era también delgada, lo que facilitaba un paso de Mambo que consistía en jalarla  por entre mis piernas, y tenerla firmemente agarrada de las manos hasta que saliera, diera un giro y se pusiera de pie.

La práctica hizo que tuviera calibrada la fuerza con la que debía tirar de mi compañera. No había problema.

Pero, si se presentó un inconveniente. El día de la presentación en el hermoso teatro de la carrera séptima con 23, mi pareja no llegó. Se intoxicó con una comida ingerida la noche anterior. La directora de la academia no puso problema y en reemplazo puso a otra integrante del grupo y ella a su vez asumió ese lugar.

Todo estuvo solucionado. Bailamos sin problemas, hasta que llegó el Mambo y segundos antes de ejecutar el paso que implicaba el uso de la fuerza física, presentí que algo saldría mal.

La chica estaba detrás. Movíamos todo el cuerpo al ritmo de Dámaso Pérez Prado y el Mambo Número Cinco, listos para que sonara su famoso grito, yo abriera las piernas, me agachara, extendiera las manos, tomará las de mi pareja y la jalara casi arrastrándola hasta el otro lado.

Solamente hasta ese instante evalué el peso de mi compañera de danza. Tenía unos diez kilos más de los que estaba acostumbrado a realizar para ese paso. Así que por obvia razones, debería casi triplicar mi fuerza para que la coreografía siguiera su curso.

Pérez Prado gritó, agarré las manos de mi gordita pareja, tire de ella con toda la energía posible, pasó  veloz por entre mis piernas y al dar el giro para ponerse de pie, su peso me ganó y la solté.

Salió veloz hacia uno de los lados del escenario y por las rojas cortinas desapareció. La risa del público me aturdió, no supe que hacer hasta que la directora, sin dejar de bailar, se acercó y susurró que saliera de escena bailando.

Lo hice. Cuando fui tras bambalinas a ver los resultados de mi actuación, allí estaban: Una chica con traje brillante que lloraba mientras se apretaba una cadera, varios danzantes consolándola y el novio de la directora del grupo muy serio con el siguiente comentario:

-          Imagínese si ese paso lo hubiéramos hecho de frente al público, su pareja habría caído del escenario y probablemente estaríamos lamentando una tragedia.

Aaaaaaaah…¡ugh!...Mambo..

martes, 12 de julio de 2011

Embarradas a papá


Por estos días recordé a mi viejo al cumplirse el octavo año de su fallecimiento. En ese rápido viaje al pasado vinieron algunas de las anécdotas que él vivió debido a mis continuos despegues a otros mundos.

Champú para los ojos

Era la época cuando los adolescentes cuidábamos con extremo cuidado nuestros largos cabellos. Champú, enjuague, secador eléctrico, cepillo redondo y media hora de peinado. Terminada la operación y orgullosos de parecer unos fósforos con la cabeza bien grande y extremadamente flacos, salíamos a deslumbrar chicas.

Cuando se acababa alguno de los insumos, acudíamos subrepticiamente a mis hermanas y tomábamos lo que nos hacía falta.

Cierto día, una de ellas olvidó su frasco de champú en el baño y aproveché para tomar un pequeña cantidad. No tenía en donde guardarla así que busqué un frasco pequeño y encontré uno de gotas oftálmicas. Boté  el líquido que había y envasé el champú.

A los pocos días mi papá necesitó las gotas, entró al baño y a los pocos segundos se escuchó un quejido, una acusación y un  nombre…"esta gracia es de Jhonny. Jhoooonyyy ……….."

Una trampa para papi

Siempre existirán divergencias entre hermanos. Mi rival fue Gabriel, un año mayor. Permanentemente, buscábamos hacernos alguna  maldad. Tendría unos 13 años y un gran aburrimiento porque él aprovechaba cualquier momento para lograr sus cometidos.

Pensé en alguna clase de venganza y de acuerdo a una historieta copié una trampa. Por fin mi hermano recibiría un castigo. Debería poner un balde con agua sobre una puerta entreabierta de tal forma que al abrirla, el afortunado se mojaría.

Pero no podía hacer esa trampa, porque era muy visible prepararla. Así que decidí adaptarla. En una talega de tela, en donde se echaba la ropa sucia, puse varios (muchos) pares de zapatos. Subí sobre una silla y una banquita y puse la bolsa en su lugar.

Emocionadísimo por la expectativa de ver lo que le pasaría a Gabriel, le grite para que entrara a nuestra habitación. A la tercera llamada, la puerta se movió, la bolsa cayó,  unos anteojos llegaron al piso y mi papá, igual que en las tiras cómicas, se desplomó por esos zapatos en su cabeza.

Jhooooonyyyyy………

Miope o despistado

Por un problema ocular, al viejo le taparon un ojo. Luego de llegar con mi mamá del oftalmólogo y almorzar, tenía que ir a realizar una diligencia. Así que me ordenó que le acompañara hasta la avenida Caracas con calle 34 para que le ayudara a parar el bus que era.

Caminamos las seis cuadras que nos distanciaban de esa importante vía, cruzamos y me repitió por enésima vez el destino del bus.

Extrañamente me fui de viaje a algún planeta, cuando oí la voz de mi padre:

- Creo que ese bus me sirve, ¿es el qué le dije?

- Si señor, precisamente ese te sirve. Chaoooo, me despedí y él se subió al transporte.

En la noche, llegó, lo esperábamos en el comedor para la cena, entró saludo, se acercó le dí el beso en la mejilla me miró con su ojo libre, y dijo:

-          Hola, tengo una duda y una preocupación: Cuando le dije que ese bus era el que me servía, usted ¿leyó o estaba despistado? Porque ese bus no era, entonces no se si llevarlo al oculista o darle un coscorrón por hacerse el pendejo…

Y pum, que la segunda opción le pareció la más viable. Ayayayyy


lunes, 4 de julio de 2011

La broma


Trabajaba en la Secretaría de Prensa. Salía a almorzar y por el camino hacia la puerta principal de la Casa de Nariño, asome mi cabeza en la importante oficina de Monitoreo. No había nadie. Allí graban los noticieros de radio y televisión más importantes del país, sintetizan las informaciones, si es el caso las escriben tal cual, para entregarlas al despacho del presidente.

Quería saludar a mi amigo, colega y jefe de la dependencia, Jairo Sandoval. Y en la soledad del lugar me causó curiosidad que su escritorio estuviera cubierto por un pliego de papel blanco, como protegiéndolo contra el ambiente. En la gran hoja estaban escritas unas frases. Me acerqué y leí:

-          “Prohibido tocar los documentos. Habrá sanción para el infractor”. A continuación estaba la firma del responsable.

Me causó intriga esa advertencia y salí intentado descifrar  el motivo por el cual Jairo redactaba el insólito cartel.

Alcancé a dar unos cuantos pasos por el pasillo del primer piso, cuando decidí hacer una pequeña y simpática broma. Regresé a mi oficina en la sección de radio, tomé un plumón de color rojo y me dirigí a Monitoreo.

Releí las dos frases, me imaginé la sonrisa de mi compañero en jefe, puse mi mano derecha sobre la hoja y justo al lado de la rúbrica, dibuje mi mano derecha, teñí varias veces el dibujo y en letras grandes escribí JAJA JAJA. Satisfecho con mi broma fui a almorzar.

Regresé y me dirigí a mi sección, radio, meditando sobre los temas que había que desarrollar. Así que lo de la broma se me olvidó. Estaba definiendo prioridades noticiosas, cuando ingresó uno de mis compañeros y  comentó que escuchó a Jairo Sandoval desde Monitoreo, hablando muy fuerte y exigiendo saber quien se había burlado de él.

Que falla. Me dirigí a esa oficina y tan solo con entrar sentí el ambiente extremadamente pesado.

-          Intente romper ese témpano: ¡Huyyy parece que están en meditación trascendental! ¿Y eso desde cuándo?   

Todos estaban en silencio. Jairo permanecía pálido. Sus cejas parecían querer juntarse, pero la arruga central de la frente estaba tan pronunciada que impedía que se tocarán.

-          Miré hermano, me dijo, no estamos para chistes. Alguien se burló de mí y seguro que usted reaccionaria de la misma forma. Como los compañeros tenían la costumbre de revolcar los documentos que dejo sobre el escritorio, decidí poner un cartel previniéndolos  que no lo hicieran, porque no soporto más el desorden que me hacen.

Continuó,

-          Escribí prohibiendo esa acción. Pero al regresar alguien hizo una afrenta inimaginable. Le muestro. Y extendió un pliego de papel blanco en donde sobresalía una mano roja y unos JAJA JAJA del mismo color. Estoy a la espera que el culpable tenga el valor de aceptar su culpa, agregó.

Mi reacción fue inmediata. Puse mi mano derecha sobre la roja silueta y le confesé que yo era el culpable. Jairo dio un brinco y de pie se desahogo:

-          ¿Usted?, peor, una persona ajena entra, se burla y se va dejando un chispero y un mal ambiente entre nosotros. Es el colmo que haya hecho eso. Estaba rojo de la ira, hablaba en voz muy alta (gritaba) y manoteaba sobre el gran papel.

Cuando se calló solamente atine a decir:

-          Jairo, no sabía el contexto por el cual escribió ese cartel. Lo que hice no fue nunca con el fin de desafiarlo ni de sembrar discordia. No contemplé los efectos de mi proceder.

Le presente las disculpas del caso a él y a los compañeros de Monitoreo. Al salir un suspiro general, deshizo el hielo. 

domingo, 26 de junio de 2011

Vándalo en París



 Con mi familia vivimos muchos años en un cuarto piso. Cuando alguno de nosotros, los varones, llegaba tarde y no tenía llaves, recurría a tirar piedritas o monedas a una de las ventanas, con el fin de despertar a quien dormía en esa habitación. No timbrábamos para evitar  incomodar a los demás miembros de la familia.

Esa fue una costumbre de muchos años. Todos los hombres López Arias éramos expertos lanzadores y solamente bastaba una piedra o una moneda para dar en el blanco. La costumbre nos llevó a medir fácilmente la inclinación, velocidad y fuerza del proyectil. Dicha habilidad nos fue útil en muchísimas ocasiones, inclusive en los apuros de amigos y vecinos.

Pero, una vez, nada menos que en París, la ciudad en donde siempre soñé con tener la oportunidad, entre otras,  de tomar vino y comer queso mirando la torre Eiffel, quise recurrir a esta costumbre de lanzador y se originó todo un lío del cual pude salir gracias a la providencia.

Estaba en comisión en la majestuosa capital francesa. Este desplazamiento se hizo en avión comercial, por lo que yo era el encargado de  confirmar el regreso directamente con la oficina de Avianca en ese país. Si el viaje hubiese sido en la nave presidencial, no habría obviamente necesidad de nada, incluso ni siquiera de ir a  emigración porque un sargento habría hecho todo el trámite del personal desplazado.

Bueno, como llegamos una semana antes que el presidente, y supuestamente con el tiempo suficiente para haber procedido a gestionar la confirmación del regreso, obligatoriamente tenía que hacerlo, así tuviera que evadirme por algunas horas  del trajín de la agenda presidencial.

Ese momento tenía que ser el viernes pues viajaríamos el lunes a primera hora junto con mis compañeros de prensa. Así que en un momento y sin posibilidad que el guía que había contratado la embajada me llevara, emprendí el camino a la oficina de la aerolínea colombiana. Llevaba  un mapa que me prestó dicha persona y que tenía señaladas las indicaciones del caso.

No tuve ningún inconveniente sino hasta que salí de  la estación del metro y me di cuenta que el mapa ya no estaba en mi bolsillo. Me devolví a buscarlo y ya no había nada que hacer. Eran las 4 y 30 de la tarde y esa oficina atendía hasta las cinco. Recordaba que el guía me dijo que aproximadamente  Avianca estaba a unas diez cuadras de esa estación.

Seguro de nuestra bien alimentada malicia indígena, emprendí el camino hacia mi destino. Confiaba  que lo encontraría, así tuviera que hablar  francés.

-          S'il vous plaît monsieur, où est cette adresse ?,

Interrogué a un  señor que paso cerca. El caballero muy amablemente me respondió y con sus manos y gestos complementó la información y se fue sonriendo.  Le agradecí obviamente en francés,

   -     Merci, très sympathique.

Quedé desconcertado. El diccionario para viajeros obviamente funcionaba para preguntar pero no para traducir lo que respondían. Así que no entendí ni jota de esa gentil explicación.
Cambié de estrategia y ya dije que no hablaba francés, que por favor me explicaran como llegar a esa dirección. Así fue que de tumbo en tumbo logré mi objetivo. Faltaban 15 minutos para que cerraran.

Presionado por  las circunstancias, llegué de afán al edificio. Las oficinas de Avianca funcionaban en un tercer piso. Busqué el timbre y no había. Imposible, París, Francia, Europa, El primer mundo y no tenía un miserable timbre esa edificación.

Salía, miraba a ver si alguien de esa oficina se asomaba por la ventana y no. Miraba al pavimento y al asfalto a ver si encontraba una piedra, tampoco,  ese si que era un pensamiento subdesarrollado. El desespero cundió y el instinto de supervivencia se despertó: Busqué entre los bolsillos y encontré unos francos. Una de esas monedas de níquel serviría para llamar la atención de los empleados de nuestra aerolínea bandera.

Así que con el franco en la mano miré al tercer piso, luego a mi derecha y calculé que debería lanzarlo desde la calle y con más fuerza que si fuera con una moneda colombiana, por que la francesa era menos pesada.

Me disponía a tirarla, cuando escuché una voz fuerte y de reojo observé un señor que se acercaba apresuradamente. Llegó a mi lado y agarró mi mano y con la otra, señalaba la moneda y luego estiraba el brazo y decía pum y señalaba una ventana de ese edificio. Sentí que me reprendía como si fuera mi abuelo.

A los segundos se acercó un policía y el señor le mostraba mi mano y luego imitó mis movimientos  de lanzador de monedas. El gendarme me miraba y me hablaba y lo único que yo hice fue mostrarle mis credenciales de prensa y el pasaporte. El asunto se iba complicando hasta cuando observé que del edificio salía una muchacha y miraba un tiquete rojo con blanco.

Le grite desesperadamente, y ella se acercó. Era colombiana. Le explique quien era y que pasaba, ella habló en francés con el guardia, me hizo algunas preguntas y mis respuestas las tradujo al uniformado, quien me regresó mis documentos.

La chica me acompañó. Fuimos al edificio, presionó un pequeño botón que estaba al lado derecho, en la mitad y sobre el  marco de la puerta y ésta se abrió. Solamente era eso, un botón, no los 20 que esperaba encontrar para poder ingresar. 

- ¡La honte!

domingo, 19 de junio de 2011

El espanto de la iglesia

    

Acostumbro a “asustar” a mis seres queridos. Unas veces apareciéndome o desapareciendo de improviso, simulando actitudes que creen confusión o ideando trampas. Obviamente que muchas veces estas no resultan y lo que queda es un sentimiento negativo en el afectado y el empañamiento a mi reputación.

Esto me sucedió hace poco con una señora. Desafortunadamente, desconocida, con ella pasó lo siguiente:

Regresabamos a casa, Lizette, mi esposa dijo que iba a entrar al pequeño oratorio franciscano que queda en la parroquia. Le dije que lo hiciera mientras compraba en la esquina una deliciosa mazamorra limeña hecha con maíz morado, arroz con leche y leche condensada.

Regresé y me ubiqué cerca de la puerta del oratorio. Terminaba de deleitarme con ese fabuloso dulce, cuando se me ocurrió la gran idea de pegarle un susto a Lizette.

Recordé que estaba vestida con pantalón y zapatos negros y una blusa color crema. Así que me escondí y calculé el momento cuando divisara esas prendas para aparecerme intempestivamente y simultáneamente le gritaría. Me imaginaba su cara de terror.

Desde el lugar en donde estaba logre ver las prendas de vestir de mi familiar víctima. Se acercaba con su pantalón y zapatos negros y una blusa clara. Calculadamente salí, grité y oh, el asustado fui yo.

Otro gran grito provino de una garganta no conocida. Una señora de unos 70 años con ojos llenos de pavor, una expresión facial desencajada y pálida, con sus dos manos agitándose desesperadamente como queriendo que el aire fuese una cortina para cerrarla y no ver  la escena, aparecieron frente a mi. No podía ser. No era Lizette, pero vestía muy parecido.

La señora pareció desvanecerse, tiré el recipiente del postre  y afortunadamente logré darle soporte con mis brazos mientras le suplicaba que me perdonara porque había ocurrido  un error. 

No sabía que otra cosa decirle y mucho menos  explicarle el por qué de lo que acaba de hacer, imposible. La dama no podía pronunciar palabra y aún se apoyaba en mí cuando apareció sonriente quien ha debido ser la víctima.

- Hola mi amor, ¿qué le pasa a la señora, está enferma?

De inmediato, la señora recobró su fuerza me golpeó en el pecho y dijo que yo era un imbécil, entre otros calificativos, se sacudió y fue hasta la zona en donde parquean los vehículos. La miramos un momento y Lizette me interrogó sobre lo sucedido.

Mientras iniciábamos la marcha le conté respecto a la confusión ocurrida  y el miedo que tuve al ver a la señora a punto de infartarse. Estaba expresando ese temor, cuando una voz fuerte me estremeció:

-          Oiga usted, ¿Por qué asustó a mi señora? ¿Se cree muy chistoso, no?

Era un señor como de la misma edad de mi ocasional afectada y estaba muy alterado.

Quien intercedió fue mi mujer:

- Señor, hubo una confusión. Mi esposo intentaba asustarme, como de costumbre lo hace y pensó que quien salía del oratorio era yo,  y por eso saltó y gritó. Cómo se le ocurre que él vaya a hacer una broma de esas a una persona que no conoce. Por favor discúlpelo.
Naturalmente que el señor me observó detenidamente intentando descubrir alguna tara que pudiera  concordar con ese repentino proceder hacia una extraña anciana, su  mujer.

Por fin atiné a decir algo:

-Señor, nuestras esposas están vestidas casi en forma idéntica. Solamente que desde donde yo estaba, no podía ver la cabeza de quien aparecía y coincidencialmente pasó  su señora.  Pero dado que vestía como mi mujer, deduje que quien salía era ella y zas que me lance a asustarla…

El señor no me dejo terminar mi explicación. No dijo nada. Me miró con la desaprobación más grande que he podido recibir y volteó la espalda.  Se fue hacia el vehículo y  arrancaron. Pasaron frente a nosotros.  La señora aún me miraba aterrorizada.

Muchos domingos han pasado y en algunos de esos días,  cuando voy a comprar el pan cerca a la iglesia, una pareja de la tercera edad, me mira, ella murmura, se aferra al brazo de su marido y de allí aún  nace una gran incógnita. ¿Qué pensarán?

domingo, 12 de junio de 2011

De lazarillo peligroso



Salía de la Casa de Nariño, para dirigirme a la sede administrativa de la Presidencia de la República,  cuando escuché que uno de los integrantes del personal de seguridad le indicaba a un ciudadano que debía dirigirse al edificio en donde funcionan las oficinas de atención al público.

Me causó curiosidad pues también iba en esa dirección y volteé a mirar y observé que quien recibía la información era un señor invidente. Presto, me acerque y me ofrecí para guiarlo. El funcionario le manifestó al citado ciudadano que afortunadamente encontraba quien lo llevara.

Así sucedió. Agarré el brazo del señor, como normalmente creemos que debe hacerse, pero él se detuvo y con acento de locutor habló:

-          Usted trabaja con el presidente, debe ser muy educado, ¿pero sabe? Casi nadie, sin importar sus estudios y  condición social, sabe que la mejor forma de guiar a un ciego es ofrecerle el brazo para que uno lo agarre y pueda guiarse. Así,  de la forma como lo hace, usted parece el invidente, yo el lazarillo y además su secretario porque le llevo el bastón y también las gafas negras.

Lo dijo con tal seriedad que me sentí regañado, pero al instante soltó una pegajosa risa:
- Juijuijuijui y movía los hombros al ritmo de las carcajadas. De repente esa risa se apagó.

-  Bueno, ya me burlé un rato. Ahora si pongamos serios.  Y dirigiendo su rostro hacia donde me encontraba manifestó:

- Entonces yo me aferro a su brazo así voy más seguro y puedo “cerrar mis ojos”.

Encogió el tradicional bastón que usan los invidentes y me apretó el brazo, como cuando el jinete presione a su cabalgadura.  Iniciamos la marcha hacia la otra edificación.

La distancia era muy corta, no pasaba de los 150 metros. Había que salir por la carrera octava, llegar a la calle séptima, pasar por esa cuadra del palacio que es la entrada para los vehículos, cruzar luego la carrera séptima para después de caminar unos 40 pasos, arribar a la sede administrativa.

- Me imagino que es la primera vez que sale a pasear de gancho con un cieguito, juiuiuiui, anotó mi acompañante.

Con mi ocasional y burlón compatriota volteamos por la esquina, sitio en donde el anden se vuelve casi cinco veces más ancho que los normales, nos acercábamos a las puertas vehiculares, miré a los soldados que hacen guardia y por estar pendiente de saludarlos, olvide decirle a mi acompañante que justamente en ese sitio había un insólito escalón.

El señor tropezó, no logró asirse bien de mi brazo y cayó.
-          ¡Dios mío!, exclamó desde ese suelo tapizado con baldosín rojizo, ¡no puede ser que me hayas enviado un sicario de ciegos y que el atentado ocurra frente a la casa del presidente! ¡Afortunadamente no era un hueco!

Lo dijo casi gritando y por supuesto los dos soldados uniformados de azul, del batallón Guardia Presidencial, me miraron con cierto recelo y por su expresión no sabían si era en serio o en broma la proclama.

Avergonzado por mi despiste, le ayude a ponerse de pie, le presente mis dolidas disculpas a lo que respondió:

-          Lo que faltaba, ahora parece que el afectado es usted porque con esa voz chillona y seguro que con los ojos llorosos, la gente se preguntará que le haría ese miserable ciego, ¿no? Juijuijui….

Definitivamente el humor de este parroquiano era especial.
-          Bueno, sigamos que yo tengo una cita con un consejero que parece que me va a ayudar, apurémosle y sacudiéndose el pantalón y el saco me agarró nuevamente el brazo y me presionó con su mano. Seguimos andando.

Pero aún faltaba otra pulla:
-          Es que no lo puedo creer. Increíble que me vaya de jeta nada menos que frente a la casa del presidente de Colombia y que el culpable sea uno de sus colaboradores. Definitivamente, hoy si cambio de refrán: No hay peor ciego que un despistado.

Y así entre puntillazos llegamos a la sede administrativa. Obviamente  le avise que debía subir unas gradas, que la puerta era angosta y que debía cruzar por un escaner de seguridad. Lo guié hasta donde el soldadito que manejaba el aparato electrónico, pero antes de pasar por el sistema de seguridad dijo en voz alta:

-          Gracias Señor, por fin he llegado a un sitio seguro. Que sería de mi si tuviera que andar otras cuadras más con este enemigo. Y tanteando en donde yo estaba, me ubicó, me cogió del saco y en voz baja me dijo:

-          Gracias por el favorcito, la próxima vez esté pendiente de lo que hace y con quien lo hace y si Dios no quiera, llegara a perder la vista, nunca pierda el sentido del humor.

Y dando bastonazos siguió a su cita.  

sábado, 4 de junio de 2011

Pirómano por... (ya se imaginan)




No pasaba aún de los 16 años de edad y ya llevaba tres enamorado perdidamente de esa muchacha cinco años mayor que yo. Ese amor platónico me condujo a que un día con el dinero para pagar la pensión del colegio Cafam, tomara una flota San Vicente y me dirigiera a Popayán, ciudad en donde residía desde hacía unos pocos meses mi imprescindible fantasía.

Tenía las indicaciones del nuevo hogar de mi amada, porque la mamá me indicó con todo detalle las coordenadas para que viajara en las vacaciones de fin de año. Pero debido al desespero de enamorado, arribé seis meses antes.

Era una finca que quedaba cerca de la ciudad capital del departamento del Cauca. A pie, desde el centro, se llegaba en media hora. Se llamaba Los Sauces y había sido abandonada por sus dueños, a causa de la invasión realizada a la entrada del terreno y la construcción de humildes viviendas.

Ante la urgida necesidad, los familiares de mis amigos, solo pudieron ofrecerles ese inmueble, que pese a su deterioro, entregaba mucha comodidad por su amplitud y una preciosa vista, porque  se ubicaba sobre una colina.

Una historia decía que allí había pernoctado una noche el Libertador Simón Bolivar, camino al sur del país. También, que por ahí estaba enterrada una inmensa guaca, escondida en un túnel de varios kilómetros, construido por los indígenas y que en las noches se escuchaban las pisadas de miles de indios trabajando en ese subterráneo.

Así que el palacio de la reina, dueña  de mi mente, tenía sus fantasmas como en todo cuento de hadas que se respete, y además, contaba con la categoría social adecuada para que ella, desfilara entre la admiración del pueblo.

La casona colonial en efecto era muy grande. Alcobas, comedor, cocina, alacena  y baños, se ubicaban alrededor del gran patio. Para cocinar se usaba la leña, que íbamos cada tres días a conseguir en la montaña. Para que el fuego encendiera rápido usaban gasolina, la cual extraían de un bidón de cinco galones.

La consigna de todos los días era que quien se levantara primero, encendía “con extremo cuidado” el fuego y preparaba el café. La advertencia incluía cerciorarse que no hubiera brasa en la estufa para así empapar los leños con el combustible y éste debía haber sido trasvasado  a una botella o mojado en un pedazo de tela.

Ese día me levanté  como a las seis de la mañana. Luego de dar una vuelta por los alrededores de la casona, me dirigí a la vieja cocina y me deleité un rato observando lo amplia y alta que era. Me impresioné con las grandes puertas de una alacena auxiliar y quedé fascinado por esa estufa tan vieja, pero tan fuerte.

En ese instante me decidí a preparar el café.

No recordé ninguna de las indicaciones. Con mucha dificultad alce el bidón y lo puse sobre la estufa. Calculé y bastaría con que lo inclinará unos pocos centímetros para que cayeran algunas gotas de gasolina sobre unos maderos que estaban apagados, luego bajaría el colosal envase plástico y procedería a prender el fuego.

Eso hice, pero sin cerciorarme si había tizones entre esa leña. Error. El fuego se levanto, entró al bidón, lo solté, la gasolina se extendió, una parte de mi cabello se prendió, los zapatos tenis se encendieron y salí corriendo de la cocina.

n      ¡Fuego, fuego, provoqué un incendio en la cocina !, gritaba desesperadamente.   
De inmediato fueron saliendo mis anfitriones. Peter, Raúl, Adolfo y ella, Patricia, quien atinó a ponerme una toalla en la cabeza y un chal en los píes.

-          Todos al jeep, dijo Peter  y acatamos la orden. El vehículo arrancó, bajamos la colina, se detuvo para que yo abriera la portada, volteamos a mirar y salía humo de la parte trasera de la casa.

-          ¡Un momento grito Patricia, dejamos a mi mamá!

Claro, doña Lucila estaba enferma y seguramente no escuchó todo ese ruido. Peter puso reversa y nos devolvimos por la mamá. Nos bajamos a rescatarla y ella con cobijas, almohadas y unas hamacas estaba controlando el incendio.

-          Vengan, ayúdenme, ordenó.

El fuego desapareció. El humo comenzó a disiparse, la cocina quedo totalmente negra. Todos me miraron y como si estuvieran de acuerdo menearon la cabeza. Ellos ya me conocían por algo que una vez les hice en su apartamento en Bogotá.