domingo, 26 de junio de 2011

Vándalo en París



 Con mi familia vivimos muchos años en un cuarto piso. Cuando alguno de nosotros, los varones, llegaba tarde y no tenía llaves, recurría a tirar piedritas o monedas a una de las ventanas, con el fin de despertar a quien dormía en esa habitación. No timbrábamos para evitar  incomodar a los demás miembros de la familia.

Esa fue una costumbre de muchos años. Todos los hombres López Arias éramos expertos lanzadores y solamente bastaba una piedra o una moneda para dar en el blanco. La costumbre nos llevó a medir fácilmente la inclinación, velocidad y fuerza del proyectil. Dicha habilidad nos fue útil en muchísimas ocasiones, inclusive en los apuros de amigos y vecinos.

Pero, una vez, nada menos que en París, la ciudad en donde siempre soñé con tener la oportunidad, entre otras,  de tomar vino y comer queso mirando la torre Eiffel, quise recurrir a esta costumbre de lanzador y se originó todo un lío del cual pude salir gracias a la providencia.

Estaba en comisión en la majestuosa capital francesa. Este desplazamiento se hizo en avión comercial, por lo que yo era el encargado de  confirmar el regreso directamente con la oficina de Avianca en ese país. Si el viaje hubiese sido en la nave presidencial, no habría obviamente necesidad de nada, incluso ni siquiera de ir a  emigración porque un sargento habría hecho todo el trámite del personal desplazado.

Bueno, como llegamos una semana antes que el presidente, y supuestamente con el tiempo suficiente para haber procedido a gestionar la confirmación del regreso, obligatoriamente tenía que hacerlo, así tuviera que evadirme por algunas horas  del trajín de la agenda presidencial.

Ese momento tenía que ser el viernes pues viajaríamos el lunes a primera hora junto con mis compañeros de prensa. Así que en un momento y sin posibilidad que el guía que había contratado la embajada me llevara, emprendí el camino a la oficina de la aerolínea colombiana. Llevaba  un mapa que me prestó dicha persona y que tenía señaladas las indicaciones del caso.

No tuve ningún inconveniente sino hasta que salí de  la estación del metro y me di cuenta que el mapa ya no estaba en mi bolsillo. Me devolví a buscarlo y ya no había nada que hacer. Eran las 4 y 30 de la tarde y esa oficina atendía hasta las cinco. Recordaba que el guía me dijo que aproximadamente  Avianca estaba a unas diez cuadras de esa estación.

Seguro de nuestra bien alimentada malicia indígena, emprendí el camino hacia mi destino. Confiaba  que lo encontraría, así tuviera que hablar  francés.

-          S'il vous plaît monsieur, où est cette adresse ?,

Interrogué a un  señor que paso cerca. El caballero muy amablemente me respondió y con sus manos y gestos complementó la información y se fue sonriendo.  Le agradecí obviamente en francés,

   -     Merci, très sympathique.

Quedé desconcertado. El diccionario para viajeros obviamente funcionaba para preguntar pero no para traducir lo que respondían. Así que no entendí ni jota de esa gentil explicación.
Cambié de estrategia y ya dije que no hablaba francés, que por favor me explicaran como llegar a esa dirección. Así fue que de tumbo en tumbo logré mi objetivo. Faltaban 15 minutos para que cerraran.

Presionado por  las circunstancias, llegué de afán al edificio. Las oficinas de Avianca funcionaban en un tercer piso. Busqué el timbre y no había. Imposible, París, Francia, Europa, El primer mundo y no tenía un miserable timbre esa edificación.

Salía, miraba a ver si alguien de esa oficina se asomaba por la ventana y no. Miraba al pavimento y al asfalto a ver si encontraba una piedra, tampoco,  ese si que era un pensamiento subdesarrollado. El desespero cundió y el instinto de supervivencia se despertó: Busqué entre los bolsillos y encontré unos francos. Una de esas monedas de níquel serviría para llamar la atención de los empleados de nuestra aerolínea bandera.

Así que con el franco en la mano miré al tercer piso, luego a mi derecha y calculé que debería lanzarlo desde la calle y con más fuerza que si fuera con una moneda colombiana, por que la francesa era menos pesada.

Me disponía a tirarla, cuando escuché una voz fuerte y de reojo observé un señor que se acercaba apresuradamente. Llegó a mi lado y agarró mi mano y con la otra, señalaba la moneda y luego estiraba el brazo y decía pum y señalaba una ventana de ese edificio. Sentí que me reprendía como si fuera mi abuelo.

A los segundos se acercó un policía y el señor le mostraba mi mano y luego imitó mis movimientos  de lanzador de monedas. El gendarme me miraba y me hablaba y lo único que yo hice fue mostrarle mis credenciales de prensa y el pasaporte. El asunto se iba complicando hasta cuando observé que del edificio salía una muchacha y miraba un tiquete rojo con blanco.

Le grite desesperadamente, y ella se acercó. Era colombiana. Le explique quien era y que pasaba, ella habló en francés con el guardia, me hizo algunas preguntas y mis respuestas las tradujo al uniformado, quien me regresó mis documentos.

La chica me acompañó. Fuimos al edificio, presionó un pequeño botón que estaba al lado derecho, en la mitad y sobre el  marco de la puerta y ésta se abrió. Solamente era eso, un botón, no los 20 que esperaba encontrar para poder ingresar. 

- ¡La honte!

domingo, 19 de junio de 2011

El espanto de la iglesia

    

Acostumbro a “asustar” a mis seres queridos. Unas veces apareciéndome o desapareciendo de improviso, simulando actitudes que creen confusión o ideando trampas. Obviamente que muchas veces estas no resultan y lo que queda es un sentimiento negativo en el afectado y el empañamiento a mi reputación.

Esto me sucedió hace poco con una señora. Desafortunadamente, desconocida, con ella pasó lo siguiente:

Regresabamos a casa, Lizette, mi esposa dijo que iba a entrar al pequeño oratorio franciscano que queda en la parroquia. Le dije que lo hiciera mientras compraba en la esquina una deliciosa mazamorra limeña hecha con maíz morado, arroz con leche y leche condensada.

Regresé y me ubiqué cerca de la puerta del oratorio. Terminaba de deleitarme con ese fabuloso dulce, cuando se me ocurrió la gran idea de pegarle un susto a Lizette.

Recordé que estaba vestida con pantalón y zapatos negros y una blusa color crema. Así que me escondí y calculé el momento cuando divisara esas prendas para aparecerme intempestivamente y simultáneamente le gritaría. Me imaginaba su cara de terror.

Desde el lugar en donde estaba logre ver las prendas de vestir de mi familiar víctima. Se acercaba con su pantalón y zapatos negros y una blusa clara. Calculadamente salí, grité y oh, el asustado fui yo.

Otro gran grito provino de una garganta no conocida. Una señora de unos 70 años con ojos llenos de pavor, una expresión facial desencajada y pálida, con sus dos manos agitándose desesperadamente como queriendo que el aire fuese una cortina para cerrarla y no ver  la escena, aparecieron frente a mi. No podía ser. No era Lizette, pero vestía muy parecido.

La señora pareció desvanecerse, tiré el recipiente del postre  y afortunadamente logré darle soporte con mis brazos mientras le suplicaba que me perdonara porque había ocurrido  un error. 

No sabía que otra cosa decirle y mucho menos  explicarle el por qué de lo que acaba de hacer, imposible. La dama no podía pronunciar palabra y aún se apoyaba en mí cuando apareció sonriente quien ha debido ser la víctima.

- Hola mi amor, ¿qué le pasa a la señora, está enferma?

De inmediato, la señora recobró su fuerza me golpeó en el pecho y dijo que yo era un imbécil, entre otros calificativos, se sacudió y fue hasta la zona en donde parquean los vehículos. La miramos un momento y Lizette me interrogó sobre lo sucedido.

Mientras iniciábamos la marcha le conté respecto a la confusión ocurrida  y el miedo que tuve al ver a la señora a punto de infartarse. Estaba expresando ese temor, cuando una voz fuerte me estremeció:

-          Oiga usted, ¿Por qué asustó a mi señora? ¿Se cree muy chistoso, no?

Era un señor como de la misma edad de mi ocasional afectada y estaba muy alterado.

Quien intercedió fue mi mujer:

- Señor, hubo una confusión. Mi esposo intentaba asustarme, como de costumbre lo hace y pensó que quien salía del oratorio era yo,  y por eso saltó y gritó. Cómo se le ocurre que él vaya a hacer una broma de esas a una persona que no conoce. Por favor discúlpelo.
Naturalmente que el señor me observó detenidamente intentando descubrir alguna tara que pudiera  concordar con ese repentino proceder hacia una extraña anciana, su  mujer.

Por fin atiné a decir algo:

-Señor, nuestras esposas están vestidas casi en forma idéntica. Solamente que desde donde yo estaba, no podía ver la cabeza de quien aparecía y coincidencialmente pasó  su señora.  Pero dado que vestía como mi mujer, deduje que quien salía era ella y zas que me lance a asustarla…

El señor no me dejo terminar mi explicación. No dijo nada. Me miró con la desaprobación más grande que he podido recibir y volteó la espalda.  Se fue hacia el vehículo y  arrancaron. Pasaron frente a nosotros.  La señora aún me miraba aterrorizada.

Muchos domingos han pasado y en algunos de esos días,  cuando voy a comprar el pan cerca a la iglesia, una pareja de la tercera edad, me mira, ella murmura, se aferra al brazo de su marido y de allí aún  nace una gran incógnita. ¿Qué pensarán?

domingo, 12 de junio de 2011

De lazarillo peligroso



Salía de la Casa de Nariño, para dirigirme a la sede administrativa de la Presidencia de la República,  cuando escuché que uno de los integrantes del personal de seguridad le indicaba a un ciudadano que debía dirigirse al edificio en donde funcionan las oficinas de atención al público.

Me causó curiosidad pues también iba en esa dirección y volteé a mirar y observé que quien recibía la información era un señor invidente. Presto, me acerque y me ofrecí para guiarlo. El funcionario le manifestó al citado ciudadano que afortunadamente encontraba quien lo llevara.

Así sucedió. Agarré el brazo del señor, como normalmente creemos que debe hacerse, pero él se detuvo y con acento de locutor habló:

-          Usted trabaja con el presidente, debe ser muy educado, ¿pero sabe? Casi nadie, sin importar sus estudios y  condición social, sabe que la mejor forma de guiar a un ciego es ofrecerle el brazo para que uno lo agarre y pueda guiarse. Así,  de la forma como lo hace, usted parece el invidente, yo el lazarillo y además su secretario porque le llevo el bastón y también las gafas negras.

Lo dijo con tal seriedad que me sentí regañado, pero al instante soltó una pegajosa risa:
- Juijuijuijui y movía los hombros al ritmo de las carcajadas. De repente esa risa se apagó.

-  Bueno, ya me burlé un rato. Ahora si pongamos serios.  Y dirigiendo su rostro hacia donde me encontraba manifestó:

- Entonces yo me aferro a su brazo así voy más seguro y puedo “cerrar mis ojos”.

Encogió el tradicional bastón que usan los invidentes y me apretó el brazo, como cuando el jinete presione a su cabalgadura.  Iniciamos la marcha hacia la otra edificación.

La distancia era muy corta, no pasaba de los 150 metros. Había que salir por la carrera octava, llegar a la calle séptima, pasar por esa cuadra del palacio que es la entrada para los vehículos, cruzar luego la carrera séptima para después de caminar unos 40 pasos, arribar a la sede administrativa.

- Me imagino que es la primera vez que sale a pasear de gancho con un cieguito, juiuiuiui, anotó mi acompañante.

Con mi ocasional y burlón compatriota volteamos por la esquina, sitio en donde el anden se vuelve casi cinco veces más ancho que los normales, nos acercábamos a las puertas vehiculares, miré a los soldados que hacen guardia y por estar pendiente de saludarlos, olvide decirle a mi acompañante que justamente en ese sitio había un insólito escalón.

El señor tropezó, no logró asirse bien de mi brazo y cayó.
-          ¡Dios mío!, exclamó desde ese suelo tapizado con baldosín rojizo, ¡no puede ser que me hayas enviado un sicario de ciegos y que el atentado ocurra frente a la casa del presidente! ¡Afortunadamente no era un hueco!

Lo dijo casi gritando y por supuesto los dos soldados uniformados de azul, del batallón Guardia Presidencial, me miraron con cierto recelo y por su expresión no sabían si era en serio o en broma la proclama.

Avergonzado por mi despiste, le ayude a ponerse de pie, le presente mis dolidas disculpas a lo que respondió:

-          Lo que faltaba, ahora parece que el afectado es usted porque con esa voz chillona y seguro que con los ojos llorosos, la gente se preguntará que le haría ese miserable ciego, ¿no? Juijuijui….

Definitivamente el humor de este parroquiano era especial.
-          Bueno, sigamos que yo tengo una cita con un consejero que parece que me va a ayudar, apurémosle y sacudiéndose el pantalón y el saco me agarró nuevamente el brazo y me presionó con su mano. Seguimos andando.

Pero aún faltaba otra pulla:
-          Es que no lo puedo creer. Increíble que me vaya de jeta nada menos que frente a la casa del presidente de Colombia y que el culpable sea uno de sus colaboradores. Definitivamente, hoy si cambio de refrán: No hay peor ciego que un despistado.

Y así entre puntillazos llegamos a la sede administrativa. Obviamente  le avise que debía subir unas gradas, que la puerta era angosta y que debía cruzar por un escaner de seguridad. Lo guié hasta donde el soldadito que manejaba el aparato electrónico, pero antes de pasar por el sistema de seguridad dijo en voz alta:

-          Gracias Señor, por fin he llegado a un sitio seguro. Que sería de mi si tuviera que andar otras cuadras más con este enemigo. Y tanteando en donde yo estaba, me ubicó, me cogió del saco y en voz baja me dijo:

-          Gracias por el favorcito, la próxima vez esté pendiente de lo que hace y con quien lo hace y si Dios no quiera, llegara a perder la vista, nunca pierda el sentido del humor.

Y dando bastonazos siguió a su cita.  

sábado, 4 de junio de 2011

Pirómano por... (ya se imaginan)




No pasaba aún de los 16 años de edad y ya llevaba tres enamorado perdidamente de esa muchacha cinco años mayor que yo. Ese amor platónico me condujo a que un día con el dinero para pagar la pensión del colegio Cafam, tomara una flota San Vicente y me dirigiera a Popayán, ciudad en donde residía desde hacía unos pocos meses mi imprescindible fantasía.

Tenía las indicaciones del nuevo hogar de mi amada, porque la mamá me indicó con todo detalle las coordenadas para que viajara en las vacaciones de fin de año. Pero debido al desespero de enamorado, arribé seis meses antes.

Era una finca que quedaba cerca de la ciudad capital del departamento del Cauca. A pie, desde el centro, se llegaba en media hora. Se llamaba Los Sauces y había sido abandonada por sus dueños, a causa de la invasión realizada a la entrada del terreno y la construcción de humildes viviendas.

Ante la urgida necesidad, los familiares de mis amigos, solo pudieron ofrecerles ese inmueble, que pese a su deterioro, entregaba mucha comodidad por su amplitud y una preciosa vista, porque  se ubicaba sobre una colina.

Una historia decía que allí había pernoctado una noche el Libertador Simón Bolivar, camino al sur del país. También, que por ahí estaba enterrada una inmensa guaca, escondida en un túnel de varios kilómetros, construido por los indígenas y que en las noches se escuchaban las pisadas de miles de indios trabajando en ese subterráneo.

Así que el palacio de la reina, dueña  de mi mente, tenía sus fantasmas como en todo cuento de hadas que se respete, y además, contaba con la categoría social adecuada para que ella, desfilara entre la admiración del pueblo.

La casona colonial en efecto era muy grande. Alcobas, comedor, cocina, alacena  y baños, se ubicaban alrededor del gran patio. Para cocinar se usaba la leña, que íbamos cada tres días a conseguir en la montaña. Para que el fuego encendiera rápido usaban gasolina, la cual extraían de un bidón de cinco galones.

La consigna de todos los días era que quien se levantara primero, encendía “con extremo cuidado” el fuego y preparaba el café. La advertencia incluía cerciorarse que no hubiera brasa en la estufa para así empapar los leños con el combustible y éste debía haber sido trasvasado  a una botella o mojado en un pedazo de tela.

Ese día me levanté  como a las seis de la mañana. Luego de dar una vuelta por los alrededores de la casona, me dirigí a la vieja cocina y me deleité un rato observando lo amplia y alta que era. Me impresioné con las grandes puertas de una alacena auxiliar y quedé fascinado por esa estufa tan vieja, pero tan fuerte.

En ese instante me decidí a preparar el café.

No recordé ninguna de las indicaciones. Con mucha dificultad alce el bidón y lo puse sobre la estufa. Calculé y bastaría con que lo inclinará unos pocos centímetros para que cayeran algunas gotas de gasolina sobre unos maderos que estaban apagados, luego bajaría el colosal envase plástico y procedería a prender el fuego.

Eso hice, pero sin cerciorarme si había tizones entre esa leña. Error. El fuego se levanto, entró al bidón, lo solté, la gasolina se extendió, una parte de mi cabello se prendió, los zapatos tenis se encendieron y salí corriendo de la cocina.

n      ¡Fuego, fuego, provoqué un incendio en la cocina !, gritaba desesperadamente.   
De inmediato fueron saliendo mis anfitriones. Peter, Raúl, Adolfo y ella, Patricia, quien atinó a ponerme una toalla en la cabeza y un chal en los píes.

-          Todos al jeep, dijo Peter  y acatamos la orden. El vehículo arrancó, bajamos la colina, se detuvo para que yo abriera la portada, volteamos a mirar y salía humo de la parte trasera de la casa.

-          ¡Un momento grito Patricia, dejamos a mi mamá!

Claro, doña Lucila estaba enferma y seguramente no escuchó todo ese ruido. Peter puso reversa y nos devolvimos por la mamá. Nos bajamos a rescatarla y ella con cobijas, almohadas y unas hamacas estaba controlando el incendio.

-          Vengan, ayúdenme, ordenó.

El fuego desapareció. El humo comenzó a disiparse, la cocina quedo totalmente negra. Todos me miraron y como si estuvieran de acuerdo menearon la cabeza. Ellos ya me conocían por algo que una vez les hice en su apartamento en Bogotá.  


domingo, 29 de mayo de 2011

El día que casi ayudo a cambiar la historia de Colombia



Rioacha, Guajira. Ante una población que insistentemente lo aclamó, el presidente Virgilio Barco anunció algunos de los planes inmediatos de su gobierno para esa región,  en su segundo viaje que realiza al cumplirse 15 dias de su posesión.

Este era más o menos el primer intento del encabezado que haría para la nota que enviaría a Bogotá. Todos en la comitiva estábamos emocionados por el recibimiento y el estupendo desfile colegial que con presencia de instituciones de la región y del estado venezolano de Barquisimeto acaba de realizarse frente al edificio de la gobernación.

Era mi primer viaje con mi jefe, porque como recordarán en la campaña presidencial fui asignado a cubrir la campaña del doctor Álvaro Gómez. Incluso, antes de despegar, en el aeropuerto de Catam, el secretario privado me presentó al presidente como “nuestro espía en la campaña contraria”, a lo que mandatario dijo con un humor que me sorprendió:

-          ¿Y ahora cómo estaremos seguros que usted no es el espía de ellos en la presidencia?

Esa anécdota aún rondaba en mi cabeza y me complacía que fuera hecha porque mi trabajo debía ser conocido, pese a haber sido descubierto tan tempranamente.

Llegamos a la bella Rioacha y aún me parecía estar en una película. La multitud en las calles, banderas, seguridad, desfiles de escolares, en fin, no asimilaba aún mi papel en ese retazo de tiempo.  Estaba en ese segundo piso del despacho de la gobernación, con el mar Atlántico y el bello malecón de telón, muchísima gente afuera y entre el poder, estaba yo.

El presidente Barco tenía en su mano un vaso de whisky y de un momento a otro lo puso  sobre el escritorio, abrió una de las ventanas,  extendió los brazos y los agitó. La gente gritó “Que hable, que hable, que hable…”

Un sentimiento de enorme felicidad recorrió a ese hombre de rostro colorado, canoso, alto, de guayabera blanca, pantalón gris y de hablar enredado.

El gobernador acababa de salir.  Quedamos en el recinto, algunos secretarios de despacho, unos agentes de seguridad, la secretaría privada del Jefe de Estado, unas señoras mi compañero y yo.


El mismo presidente Barco se respondió:

- Quieren que hable, ¿no? Y me dirigió su mirada.

Dude un momento, miré alrededor y moví mi cabeza afirmativamente. Nadie dijo nada. Inexplicablemente, pareció que todos tácitamente concordamos con que el pueblo quería que su presidente les hablara. Pensaba en eso, cuando nuevamente él salió a la ventana y levantó los brazos varias veces. A cada movimiento se elevaba esa ola de voces: “Que hable, que hable..que hable..”. El presidente parecía el director de un gran coro.

No había duda.  Ya me disponía a decirle al técnico de radio que instalará micrófono, amplificación y conexión telefónica a Bogotá, para transmitir las palabras del Jefe del Estado por la Radiodifusora Nacional de Colombia, cuando el doctor Barco me ordenó “sonido, ya,  de inmediato”.

-          “La gente quiere que hable y lo haré ya.  Y volvió a sacar sus brazos por la ventana y los guajiros a rabiar repetían que hable, que hable.

Mi compañero de radio estaba terminando de instalar el equipo de amplificación, cuando entró apresuradamente el edecán de la Armada Nacional, se dirigió directamente al presidente y le susurró algo. Inmediatamente él miró hacía la ventana, palideció, fue por su vaso de trago y se sentó.

El uniformado de blanco, se dirigió luego hasta donde me encontraba con el técnico y me advirtió:

-          Pilas mono, ya le dije al presidente que no vuelva a sacar los brazos por la ventana, porque por ahí pasan unos cables de alta tensión y por eso la gente le grita cada vez que sale: El cable, el cable, el cable, ¿no ha puesto atención?

¡Uffffff!

-

domingo, 22 de mayo de 2011

El avión, el avión...que no era...




“Señores pasajeros les habla el capitán. Bienvenidos a su vuelo con destino a San Juan de Pasto”.

Hacia algunos minutos que habíamos despegado. Iba  con el cinturón abrochado, miré un poco a través de la ventanilla y comenzaba a hojear una de las revistas que las empresas de aviación le ponen en el bolsillo trasero a los  asientos o también, dependiendo de la perspectiva, frente al usuario para que se entretenga y de paso lea un material casi siempre muy seleccionado.

Bien, iba en el proceso de relajamiento para mi retorno desde la ciudad de Cali a Bogotá, mi patria chica, sede de mi hogar y especialmente de mi actividad laboral, cuando el mandamás de la aeronave volvió añicos mi tranquilidad.

Como si fuera un pistolero del viejo oeste, corrí mi mano hacia la correa sintética, a una velocidad creo que superior  a la de un Búfalo Bill  cuando se enfrentaba al peligro, desabroché el cinto gris,  brinqué de  inmediato  y girando la cabeza como muñeco de ventríloco  lancé un grito de mal herido y en modo imperativo dije:

n      ¡Bogotá!

Busqué en todos los puntos cardinales  una mirada, de complicidad, sola una,  pero   ninguno de los pasajeros me brindó un gesto afirmativo. Me dio la impresión que todos se habían puesto de acuerdo para llevarme la contraría. Repetí, pero esta vez en tono de interrogación y suplicante:

-         ¿Bogotá…..?

Hacía donde viajaba  mi vista, encontraba ahora el tradicional meneo de cabeza, indicativo de negación. No podía ser, esta vez si que por despistado había volado muy alto. ¡Qué vaina!

Como siempre y ese es un punto fabuloso a nuestro favor como colombianos, la chica que estaba a mi lado se solidarizó y  me  expresó unas palabras muy consoladoras:

-         Si este vuelo  no era el suyo, pues no saca nada con amargarse. Mejor disfrútelo, hablé con la azafata, y a la llegada a Pasto seguro que le solucionarán el problema.

Tenía razón mi ocasional consejera. Pero el lío era que me había pasado dos días de los tres de comisión que me autorizaron para conseguir material para unas locaciones del programa de Erradicación de la Pobreza Absoluta.

Pobre de mí pensé. Si no logró que me arreglen mi situación podré hasta ser despedido. ¿Pero qué pasó para que llegara a esta situación?  Recordé paso a paso: Salí de la sala de espera del aeropuerto Bonilla Aragón de Cali hacía la pista. Me dirigí al avión que estaba más cerca, claro, más allá, se encontraba otra aeronave, que si debería ser la que tenía como destino Bogotá.

Cavilé sobre mi mala suerte y me dije que nada podía ser más grave que encontrarme con otro u otra despistado (a). Esta vez, mi aliada  era  la aeromoza. Recordé cual era y esperé a que pasara con el refrigerio. Cuando se me acercó le comenté de mi caso y muy sorprendida dijo que eso no podía haber sucedido. Que cuando terminará  chequeaba nuevamente el paso a bordo.

Efectivamente, minuto antes de aterrizar en el aeropuerto Antonio Nariño, a 35 kilómetros de Pasto, la simpática chica se acercó y me solicitó el  respectivo desprendible. Su agradable expresión cambio, se torno muy seria y me dijo que esperara un momento.

Se dirigió a la parte de atrás de la aeronave y me imaginé que era para consultar con sus colegas el inconveniente. Regresó y me preguntó si llevaba equipaje en la bodega. Le respondí que solamente maletín de mano, lo que al parecer para  ella fue un alivio.

-         Por favor, le ruego que no se baje. Lo devolveremos en este mismo vuelo que debe de estar saliendo en una hora aproximadamente. Le presento mis disculpas señor, pero estos casos  son ocasionales y sólo ocurren con  gente muy despistada, y se fue.

Cuando arribé al aeropuerto El Dorado, ya nadie del equipo de transporte de la Secretaría de Prensa me esperaba. Claro, habían pasado dos horas desde la llegada del vuelo procedente de Cali. Estuve seguro que quien fue a recogerme, sospechó que mínimo me había dejado el avión y que mi regreso era toda una incógnita.   

viernes, 13 de mayo de 2011

Broma, confusión y bofetón



Estos hechos sucedieron en Lima, hace cuatro años, cuando aún con Lizette éramos novios.

Ella sufrió en una pierna la picada de una araña casera y por la gravedad del veneno inoculado tuvo que ser hospitalizada en la clínica Meson de Sante en el centro de la capital peruana. Su estadía fue de cuatro días en una habitación doble, con una señora  de unos 65 años, quien estaba próxima a ser dada de alta, luego de una sencilla intervención quirúrgica.

Al tercer día de ir a la clínica, antes del medio día esa paciente fue autorizada a salir y se me ocurrió la idea de hacer una broma y de paso, almorzar junto a mi enamorada.

Tan pronto la señora se fue de la habitación, observé  a Lizette que cabeceaba del sueño y sin hacer el mínimo de ruido saqué del closet unas cobijas y una almohada y sobre la cama libre hice un muñeco. Lo acomodé de tal forma que quedó en posición fetal contraria a la puerta  y lo arropé. Perfectamente simuló una persona.

Lizette permaneció dormida  los 10 minutos que duró mi actividad. Así que cuando despertó, y luego de la acostumbrada sonrisa entre novios, miró hacia la  otra cama y se sorprendió.

-          Amor, ¿acaso a la señora no la autorizaron  para salir?
-          ¿Qué pasó?

Sonriendo, le conté que era una broma para que el personal encargado de la alimentación dejara el almuerzo de la señora y así yo podría acompañarla con el de ella. Sonrió y así se convirtió en cómplice.  Quedamos a la expectativa del desarrollo de la “gran” iniciativa.

Mientras tanto, decidí ir a comprar algunos de los famosos periódicos “chicha”. Cuando regresé Lizette me dijo riendo:


n      Imagínate que entró una enfermera y miró hacia la cama. Se le hizo raro  observar a una persona acostada. Así que se acercó, llamó a la señora que supuestamente estaba, y al no obtener respuesta, la movió, se le hizo raro y la destapó. Mi novia tuvo que hacer una pausa pues no podía hablar a causa de la risa.

n      La chica se asustó y pegó un grito y después comenzó a reírse, comentó. Cuando se calmó, no tuvo más que decirme que los chicos de limpieza  frecuentemente le hacían bromas, pero que esta vez si se habían pasado.

Mi plan de almorzar a cargo de la clínica se había esfumado. No me quedaba otra que comenzar a desbaratar al muñeco.

Me acerqué a la cama y metí mis manos por debajo de las cobijas para sacar  “las extremidades”,  cuando se abrió la puerta y apareció una señora con su respectiva cartera y una bolsa plástica. Me miró, sus ojos se abrieron desmesuradamente y gritó:

-          ¡¡ Pervertido, auxilio, le están cogiendo las piernas a mi mamá!! y de inmediato se acercó y me dio tremenda bofetada a la vez que me decía a todo pulmón:

-           ¡Desgraciado, ¿como se atreve a hacer sus perversiones a una señora de edad y además enferma?

Esa insólita escena, no pudo haber estado nunca entre mis previsiones. Así que la única reacción ante este hecho, fue tirar de las cobijas  y dejar al descubierto mi obra y mis verdaderas intenciones.

Esta vez si que pude observar, por primera vez,  lo que en verdad son un par de ojos absolutamente desorbitados. Increíble el tamaño que logran alcanzar y la sensación que producen a punto de saltar.

La señora quedo sin habla. Fue el momento ideal para explicarle lo que sucedía:

-          Mire, le dije, tartamudeando, la señora que estaba aquí fue dada de alta hace como una hora y decidí hacerle una broma a las enfermeras. Esta parte final de la frase me salió como una queja de adolescente, mientras me sobaba la mejilla afectada.

-          Mire señor todo lo que produjo su estúpida broma, replicó, Yo no sabía que mi mamá ya se había ido, porque no traje mi celular. Entonces, ¿imagínese lo que sentí cuando entro y lo veo a usted metiendo las manos entre las cobijas de mi viejita, pues lo primero que pensé fue eso, que un pervertido estaba abusando de ella….y comenzó a reírse.

-          Bueno, adiós y ojala no siga haciendo esas cosas y con una estruendosa carcajada mi agresora salió de escena.

Estaba estupefacto. Lizette se retorcía de la risa. Entró la chica con su carrito para dejarle el almuerzo. Mire la bandeja y murmuré que mejor iba al restaurante. Fui a uno cercano y mientras me atendían  pude sentir en la mejilla las palpitaciones que quedaron luego de tan sonoro golpe.

viernes, 6 de mayo de 2011

Mi portátil está de vacaciones...






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Desde hace cinco años me acompaña  como mi gran amiga y confidente  una portátil de marca IBM, modelo Thinkpad t21 que pesa más de cuatro kilos. Si le suma  el cargador, la cámara web, los audífonos y la mochila, mi compañía llega a las 10 libras.

En los aeropuertos se  burlan de ella. Lógico, su  tamaño es exagerado, supremamente visible y además sobresale, porque es tal vez de las pocas  máquinas de computación  de fácil trasteo, con monitor cuadrado, no rectangular, como tradicionalmente las fabrican.

El exagerado agrado por mi “portátil”, tiene que ver con  ese detalle. Me permite mayor concentración y especialmente que ante mis deficiencias visuales,  las opciones para agrandar el tamaño es genial.  Su estructura es maciza, sus teclas muy duras y seguidamente le repaso las letras en las  teclas con esmalte blanco.

Ella llama la atención a donde quiera que va.  Por ejemplo en Lima, en los famosos Starbucks, no faltan las risas socarronas.  Las veces que he viajado a mi país en los dos aeropuertos, Jorge Chávez y El Dorado, casi  Luís Carlos Galán,  la gente se ríe mientras digitan  en sus miniaturas.

Y que decir cuando llego a inmigración y por seguridad debo sacarla de su mochila y exhibirla ante la seguridad aeroportuaria. Las sonrisas,  las señas desdeñosas y hasta los comentarios  malintencionados son normales. Tanto que a la salida de Lima, un funcionario dijo que si la llevaba a un museo.

Pues bien, esta vez, para mi viaje a la bella, pero triste Colombia, a la primera  que acomodé fue a ella, después si a mi mujer. Efectivamente, nuevamente la traje, a mi portátil, y por primera vez a Lizette, mi esposa.  

Llegamos a la capital y ella vive muy agradecida por mis atenciones. Mi mujer a veces se queja. Pero esta vez creo que me pasé y dejo constancia que fue sin intención.

Viajamos a Santa Marta, bella ciudad desde donde escribo. Obviamente que traje a las dos. Pero esta vez, mi computadora vino de paseo. La cargué con todo el amor y deseaba  acá, en el caribe colombiano, escribir muchas frases..

Debo aclarar que sacar a pasear a mi IBM, a veces me atormenta, porque su peso me pone en aprietos y mucho más cuando es tierra caliente  y debo trastearla a mi espalda, y cargar con mi mochilla, la de mi mujer y una maleta especial para cosméticos. Aún así, mi amiga va conmigo.

Bueno, bajo este acogedor calor samario, saque mi maquinita del alma, la prendí y comenzó a quejarse.. Ese ruidoso pito que clama por energía se disparó. De inmediato busque en la mochila  el cargador y no lo encontré.

Caí en cuenta que en Bogotá, en la casa de mi madre, dejé su negro biberón  Así que mi amada computadora IBM, está en tierra caliente disfrutando de un merecido descanso y almacenando en su memoria el despiste que tenía preparado para esta ocasión. Este si que es un olvido fresquito. Nada que mejoro. Afortunadamente mi esposa trajo un LG.

viernes, 29 de abril de 2011

Ese bocadillo en mi bolsillo



Aprovecho este repaso por la parte más conocida de mi vida, para vanagloriarme de que soy descendiente directo del creador del bocadillo (lonja) de guayaba en rollito, relleno de arequipe y rociado con azúcar.  Este honor es de mi abuelo paterno Carlos, a quien recuerdo otra vez.

Tuve la costumbre de guardar en mis bolsillos tantas cosas, que Aurora, la empleada de la casa, cuando iba a lavar mi ropa, se prevenía, puesto que muchas veces sufrió en sus dedos las pinchadas provenientes de ganchos y  alfileres. Mis bolsillos eran una caja de Pandora.

Así que regularmente me llamaba para hacerme un inventario con lo que encontraba en ellos.

-          “Niño don Jhonny”, como me decía desde la vez que muy molesto le dije que ya había crecido para que me dijera niño: ¿qué hago con todo esto? Y me mostraba  toda una cantidad de basura, aparte de pedazos de galleta, dulces y muchas moronas de pan.

Nada valió para quitarme esa costumbre ni siquiera la vez que por un pan fui junto con varios amigos a lavar baños a la  estación de policía de la calle 40, Una noche la autoridad nos hizo una  requisa y uno de los uniformados tocó algo extraño y duro en el bolsillo de mi chaqueta y con voz de alerta me exigió que sacara “ese elemento con sumo cuidado”.

Ante la expectativa de los otros policías y de mis amigos metí la mano al bolsillo y lentamente saqué con la punta de los dedos de la mano derecha, un pan que además de ser francés, debería llevar guardado por lo menos un mes. Este episodio hizo que mis amigos soltaran la risa y que la autoridad sintiera que nos estábamos burlando. Por eso a la 40 fuimos a dar.

Bueno, entonces, con esa costumbre, el hecho de mayor trascendencia estaba por llegar.

Cierto día visité a mi abuela. Allí seguían fabricando esos deliciosos bocadillos. En una bolsa me dieron unas cajas con el manjar para llevar a mi familia y uno más para que comiera por el camino. El espectacular bocado iba envuelto en un pedacito de servilleta. Cómo tenía unas enormes ganas de fumar, decidí guardarlo con mucho cuidado en el  bolsillo de la chaqueta. Saqué de la camisa el cigarrillo que con tanta ansia deseaba desde hacía horas y me fui fumando.

Exhalando nicotina, llegue hasta la carrera 30 para tomar el transporte y ahí precisamente venía la buseta. Apenas tuve tiempo de tirar el cigarrillo para subirme al vehículo que se detuvo en el semáforo. Pasé la registradora, me aferré con la mano izquierda, en la que llevaba las cajas con el dulce,  del tubo que va en el  techo y metí con fuerza  la mano derecha para sacar el dinero del pasaje.

La sensación fue extraña. Parecía como si la mano se hundiera en algo movedizo.  El billete y las monedas estaban ahí precisamente. Ni modos de volver a sacar la mano. Si lo hacía me expondría al escarnio público. Ya me imaginaba al chofer gritando y manoteando con sus dedos untados de arequipe con pedacitos de guayaba y azúcar, intentando despegar el dinero del pasaje.

Y también, la expresión de asco de los pasajeros observando como mi pegajosa mano se agarraba del tubo, volviendo una completa cochinada el importante accesorio del vehículo de transporte público.

 
Entonces lo mejor era no sacar la mano de su sitio ni de fundas. Apenas estaba pensando en la forma de sortear tan incómoda situación, cuando el conductor comenzó su letanía:


-    A ver joven, ¿qué le  pasa que no paga?
-          Hola, ¿cree que lo voy a llevar gratis?
-          Si no tiene plata, ¿por qué no se fue a pie?
-          Mejor dicho, o paga o se baja….determinó.

Sentía que todos me miraban y yo no sabía que responder. De pronto surgió el ángel de la guarda en una señora que me llamó con un “psssss, psssss”. Al voltear me encontré que esa honorable dama  me extendía unas monedas para mi pasaje. Como el chofer seguía en su cobro coactivo, decidí calcular el momento preciso para soltarme del tubo, hacer equilibrio, recibir la plata e ir y entregársela al señor conductor.

Me solté, di dos pasos, expresé mi agradecimiento a la benefactora, recibí las monedas con dos dedos, por que los otros agarraban el talego, mientras mi mano derecha seguía bien guardadita (pegadita) en el bolsillo. Abrí las piernas para guardar el equilibrio e intentar devolverme para pagar, cuando el chofer viro bruscamente y ante el peligro, mi instinto de supervivencia hizo que las manos fueran mi  salvación.

La derecha salió con una velocidad impresionante de su escondite para posarse en la cabecera de una de las sillas de la buseta, a pocos centímetros del  cráneo de un señor.  Muy pocas personas se dieron cuenta de lo que había ocurrido y por supuesto la risa y el chismorreo brotaron en un sector de la buseta.

Volví a meter la mano a su ocasional guarida, pagué y afortunadamente me pude sentar. Iban 20 minutos de un vergonzoso viaje, con un sofoco increíble, mirando solamente hacía un lado, cuando me dí cuenta que el transporte se detuvo para que se subieran varios estudiantes, así que decidí que lo mejor era bajarme.

Seguro que alguno de  esos pasajeros, se untó de bocadillo de guayaba, arequipe y azúcar y seguro también que en vez de recordar a mi abuelo, lo que hizo fue mentarme a mi madre.

 

viernes, 22 de abril de 2011

¡Se han robado a mi hija!



Cuando mi hija Diana tenía cuatro años de edad e íbamos a supermercados y/o centros comerciales, una de mis diversiones era ponerle las pelucas de los maniquíes que se encontraban en la sección de ropas y también alguna prenda de tamaño grande.

De esta manera unas veces era pelirroja, otras de cabello negro, pelo largo, crespo, liso, tenía blusas tallas L, brasieres, etc. En fin,  todos los estilos de la moda pasaron sobre ella, para goce de su padre. Muchas veces tuve que agacharme y cogerme la barriga por los ataques de risa que me daba verla como cambiaba.

Era un espectáculo, porque cuando le ponía esas prendas semejaba una escena de la famosa película de E.T, cuando los niños sacan al extraterrestre tapado con una manta en un día de brujas. Llegué al colmo, inclusive, de vestirla expresamente pensando en la peluca que luciría determinada fecha. Todo para mi exclusiva diversión.

Así pasaron muchos meses. Cafam de la calle 51, el de La Floresta, Galerías y en esa época Casa Grajales, en Unicentro, el Ley, entre otros,  fueron  tiendas que sirvieron de pasarela para mi hija y de escenario para que este desalmado papá pasara ratos de absoluta felicidad.

En mi rutina de diversión, me desplacé con mi amada hijita a Cafam de la calle 51 a comprar algo para el  regalo a un familiar. Miré allá, acá, al otro lado y no encontraba nada que me gustara. En todo momento llevaba a la niña de la mano.

Un suéter me llamó la atención. Así que solté la mano de Dianita para extender y ver mejor el producto, tocarlo y mirar el precio. Puse nuevamente la prenda en su lugar y miré hacia abajo buscando a mi compañerita de compras y no estaba.

Mi metabolismo se aceleró al máximo y la sangre parecía que se acumulaba en el cerebro. Estaba a punto de estallar, la respiración se entrecortaba miraba hacia todos lados y una sola palabra se me fijo en la mente: Secuestro. Reacción inmediata. Gritar:

n      ¡Se robaron a mi hija, por favor ayúdenme!

IMe desplacé hasta donde la cajera intentaba hablarle pero  mi voz no salía. Estaba en pánico. Ella me decía que me tranquilizara. Al fin pude respirar unos segundos normalmente y decirle que mi hija no estaba. La señorita llamó por una radio, llegaron de seguridad les hice una descripción, les mostré una fotografía que llevaba en la billetera y les enfaticé como iba vestida.

n      Tiene puesto un saco de color rojo, un vestido azul claro con bordes verdes oscuro, medias blancas y zapatos azules, les dije. El jefe de seguridad iba repitiendo por su radio. Yo miraba hacia todos lados, caminaba, corría, me iba a desmayar. Mejor, estaba en franca agonía.

Subí y baje muchas veces y fui a las dos puertas de acceso del supermercado. Los porteros me decían que no había visto una niña de esas características. Pasaron por lo menos diez eterrnos minutos. Lloraba, estaba a punto de un infarto.

Retorne al lugar en donde estábamos con Diana y nada. Ropa por todos lados, maniquíes, letreros, de pronto algo me llamó la atención: Entre los muebles de ropa sobresalía una masa de pelo color rojizo y al estilo afro. Se desplazaba, pero parecía como si no tuviera cuerpo.

Por puro instinto hice una mirada general intentando buscar algo que concordará con esa imagen y logre hilar: Había un maniquí calvo y la que debería ser su peluca era la que caminaba. Me fui corriendo y gritando Diana, Dianita.

La peluca se detuvo. Cuando estuve cerca vi ese tremendo afro y un saco grande de color turquesa que se arrastraba. El afro giró y era mi hija con una sonrisa de oreja a oreja.  Ella sola hizo lo que yo acostumbraba. Le quito la peluca al maniquí y además se puso un saco.

No se cuantas veces pasé por su lado. Fui víctima de mi mismo.