domingo, 24 de julio de 2011

Peligro en el escenario (2)


A la semana siguiente tuvimos otra presentación. Ésta fue en el desaparecido teatro Miramar, ubicado en la carrera 18 con la calle 43 y propiedad de los sacerdotes de la comunidad Carmelita, de la iglesia Santa Teresita.

El grupo ensayaba sin contratiempos. La coreografía más exigente correspondía a un baile ruso llamado, Kasatschok que como casi todos los ritmos cosacos son fuertes y se asemejan a las sesiones modernas de los aeróbicos fuertes.

Básicamente los pasos de este baile se basan en saltos y movimientos corporales que dibujan  diversas figuras. Uno de ellos consiste en agacharse y lanzar las piernas hacia delante, ponerse inmediatamente de pié y volver a lanzar patadas al aire seis veces.

Así que prácticamente con el Kasatschok ejecutábamos  toda una sesión de aeróbicos que nos dejaba absolutamente extenuados.

Los vestidos para el baile eran los usados tradicionalmente por estos famosos guerreros rusos y ucranianos, consistentes en gorros de piel pantalones bombachos y botas altas, para montar a caballo.

Pues bien. Todos teníamos nuestras vestimentas aportadas por la directora y las veces que faltaba alguna prenda o accesorio, el que pudiera aportarlo lo hacia. Un compañero y yo tuvimos  problemas con la dotación de botas.

Una de las bailarinas logro conseguir lo dos pares. Las que me entregaron, me quedaron a la medida, eran de un estudiante de academia militar, mientras que las de mi compañero, que era de mi misma estatura, era confeccionadas en una imitación de cuero blando y dos tallas más grandes.

Todos mis ensayos fueron perfectos, mientras que mi compañero sufría por las botas pese a que la directora decidió amarrárselas con una cinta negra.

Llegó el día de la presentación. El baile ruso estaba programado como tercero, luego del sabroso Jarabe Tapatío y de un baile flamenco interpretado solo por las mujeres.  Así que  teníamos tiempo suficiente para cambiarnos de vestuario.

Como ya era un fumador empedernido, y desafiando las instrucciones, salí unos minutos con mi vestimenta mexicana a prender un cigarrillo. Luego a las carreras fui a vestirme para el otro baile y encontré que el  vivo de mi compañero se había puesto mis botas y se había escondido.

Nada que hacer. A ponérmelas y en verdad que tendría problemas porque se salían fácilmente. Así que recurrí a mi astucia y decidí rellenarla para ejercer presión. Metí la cajetilla de cigarrillos, hojas de periódico, unas medias y mi pañuelo. Ensayé algunos pasos, no tendría ningún apuro.

Salimos a escena, se corrieron las cortinas y el Kasatschok sonó http://www.youtube.com/watch?v=wD7SCjhYQrc&feature=related

Comenzamos la coreografía, saltos acá, allá, en la mitad, todo bien. Llegó el paso de lanzar las piernas hacia adelante, tres,  cuatro, cin…. cuando de repente la bota derecha salió hacía el público y el bazar que en ella había quedo regado en el piso del escenario.

Afortunadamente, uno de los asistentes de la primera fila logró agarrar el calzado en el aire, como si atrapara la bola del jonrón de un juego de béisbol. Las risas no pudieron ser más escandalosas. El público, sin excepción batió mandíbula y aunque después vino el tradicional aplauso de consolación, el daño ya estaba hecho.

Mi porvenir como danzarín acababa de quedar cojo.  

lunes, 18 de julio de 2011

Peligro en el escenario (1)



Siempre sentí inclinación por el baile. Fue así como durante  el bachillerato hice parte del grupo de danzas. Cursando el último año, fui invitado por la novia de un compañero a hacer parte de su grupo folclórico, que ya llevaba algunos años de presentaciones.

El desgaste era muy fuerte, porque además de ensayar para la ceremonia de clausura del colegio, hacía lo propio para el grupo, que también estaba invitado para un certamen académico que se efectuaría en el teatro Jorge Eliécer Gaitán.

Con el centro educativo teníamos montados bailes de nuestra cultura, como joropo, mapalé, pasillos y bambucos. Para la otra actividad, los temas eran internacionales: Jarabe Tapatío, danza rusa, bailes andinos y Mambo.

Tanto entrenamiento me hizo bajar cerca de cinco kilos y además por mi inolvidable constitución, llegue a pesar 49 kilos. Aún así el ánimo y la fuerza física para las  coreografías no fallaba.

Mi pareja en el grupo de danzas privado, era también delgada, lo que facilitaba un paso de Mambo que consistía en jalarla  por entre mis piernas, y tenerla firmemente agarrada de las manos hasta que saliera, diera un giro y se pusiera de pie.

La práctica hizo que tuviera calibrada la fuerza con la que debía tirar de mi compañera. No había problema.

Pero, si se presentó un inconveniente. El día de la presentación en el hermoso teatro de la carrera séptima con 23, mi pareja no llegó. Se intoxicó con una comida ingerida la noche anterior. La directora de la academia no puso problema y en reemplazo puso a otra integrante del grupo y ella a su vez asumió ese lugar.

Todo estuvo solucionado. Bailamos sin problemas, hasta que llegó el Mambo y segundos antes de ejecutar el paso que implicaba el uso de la fuerza física, presentí que algo saldría mal.

La chica estaba detrás. Movíamos todo el cuerpo al ritmo de Dámaso Pérez Prado y el Mambo Número Cinco, listos para que sonara su famoso grito, yo abriera las piernas, me agachara, extendiera las manos, tomará las de mi pareja y la jalara casi arrastrándola hasta el otro lado.

Solamente hasta ese instante evalué el peso de mi compañera de danza. Tenía unos diez kilos más de los que estaba acostumbrado a realizar para ese paso. Así que por obvia razones, debería casi triplicar mi fuerza para que la coreografía siguiera su curso.

Pérez Prado gritó, agarré las manos de mi gordita pareja, tire de ella con toda la energía posible, pasó  veloz por entre mis piernas y al dar el giro para ponerse de pie, su peso me ganó y la solté.

Salió veloz hacia uno de los lados del escenario y por las rojas cortinas desapareció. La risa del público me aturdió, no supe que hacer hasta que la directora, sin dejar de bailar, se acercó y susurró que saliera de escena bailando.

Lo hice. Cuando fui tras bambalinas a ver los resultados de mi actuación, allí estaban: Una chica con traje brillante que lloraba mientras se apretaba una cadera, varios danzantes consolándola y el novio de la directora del grupo muy serio con el siguiente comentario:

-          Imagínese si ese paso lo hubiéramos hecho de frente al público, su pareja habría caído del escenario y probablemente estaríamos lamentando una tragedia.

Aaaaaaaah…¡ugh!...Mambo..

martes, 12 de julio de 2011

Embarradas a papá


Por estos días recordé a mi viejo al cumplirse el octavo año de su fallecimiento. En ese rápido viaje al pasado vinieron algunas de las anécdotas que él vivió debido a mis continuos despegues a otros mundos.

Champú para los ojos

Era la época cuando los adolescentes cuidábamos con extremo cuidado nuestros largos cabellos. Champú, enjuague, secador eléctrico, cepillo redondo y media hora de peinado. Terminada la operación y orgullosos de parecer unos fósforos con la cabeza bien grande y extremadamente flacos, salíamos a deslumbrar chicas.

Cuando se acababa alguno de los insumos, acudíamos subrepticiamente a mis hermanas y tomábamos lo que nos hacía falta.

Cierto día, una de ellas olvidó su frasco de champú en el baño y aproveché para tomar un pequeña cantidad. No tenía en donde guardarla así que busqué un frasco pequeño y encontré uno de gotas oftálmicas. Boté  el líquido que había y envasé el champú.

A los pocos días mi papá necesitó las gotas, entró al baño y a los pocos segundos se escuchó un quejido, una acusación y un  nombre…"esta gracia es de Jhonny. Jhoooonyyy ……….."

Una trampa para papi

Siempre existirán divergencias entre hermanos. Mi rival fue Gabriel, un año mayor. Permanentemente, buscábamos hacernos alguna  maldad. Tendría unos 13 años y un gran aburrimiento porque él aprovechaba cualquier momento para lograr sus cometidos.

Pensé en alguna clase de venganza y de acuerdo a una historieta copié una trampa. Por fin mi hermano recibiría un castigo. Debería poner un balde con agua sobre una puerta entreabierta de tal forma que al abrirla, el afortunado se mojaría.

Pero no podía hacer esa trampa, porque era muy visible prepararla. Así que decidí adaptarla. En una talega de tela, en donde se echaba la ropa sucia, puse varios (muchos) pares de zapatos. Subí sobre una silla y una banquita y puse la bolsa en su lugar.

Emocionadísimo por la expectativa de ver lo que le pasaría a Gabriel, le grite para que entrara a nuestra habitación. A la tercera llamada, la puerta se movió, la bolsa cayó,  unos anteojos llegaron al piso y mi papá, igual que en las tiras cómicas, se desplomó por esos zapatos en su cabeza.

Jhooooonyyyyy………

Miope o despistado

Por un problema ocular, al viejo le taparon un ojo. Luego de llegar con mi mamá del oftalmólogo y almorzar, tenía que ir a realizar una diligencia. Así que me ordenó que le acompañara hasta la avenida Caracas con calle 34 para que le ayudara a parar el bus que era.

Caminamos las seis cuadras que nos distanciaban de esa importante vía, cruzamos y me repitió por enésima vez el destino del bus.

Extrañamente me fui de viaje a algún planeta, cuando oí la voz de mi padre:

- Creo que ese bus me sirve, ¿es el qué le dije?

- Si señor, precisamente ese te sirve. Chaoooo, me despedí y él se subió al transporte.

En la noche, llegó, lo esperábamos en el comedor para la cena, entró saludo, se acercó le dí el beso en la mejilla me miró con su ojo libre, y dijo:

-          Hola, tengo una duda y una preocupación: Cuando le dije que ese bus era el que me servía, usted ¿leyó o estaba despistado? Porque ese bus no era, entonces no se si llevarlo al oculista o darle un coscorrón por hacerse el pendejo…

Y pum, que la segunda opción le pareció la más viable. Ayayayyy


lunes, 4 de julio de 2011

La broma


Trabajaba en la Secretaría de Prensa. Salía a almorzar y por el camino hacia la puerta principal de la Casa de Nariño, asome mi cabeza en la importante oficina de Monitoreo. No había nadie. Allí graban los noticieros de radio y televisión más importantes del país, sintetizan las informaciones, si es el caso las escriben tal cual, para entregarlas al despacho del presidente.

Quería saludar a mi amigo, colega y jefe de la dependencia, Jairo Sandoval. Y en la soledad del lugar me causó curiosidad que su escritorio estuviera cubierto por un pliego de papel blanco, como protegiéndolo contra el ambiente. En la gran hoja estaban escritas unas frases. Me acerqué y leí:

-          “Prohibido tocar los documentos. Habrá sanción para el infractor”. A continuación estaba la firma del responsable.

Me causó intriga esa advertencia y salí intentado descifrar  el motivo por el cual Jairo redactaba el insólito cartel.

Alcancé a dar unos cuantos pasos por el pasillo del primer piso, cuando decidí hacer una pequeña y simpática broma. Regresé a mi oficina en la sección de radio, tomé un plumón de color rojo y me dirigí a Monitoreo.

Releí las dos frases, me imaginé la sonrisa de mi compañero en jefe, puse mi mano derecha sobre la hoja y justo al lado de la rúbrica, dibuje mi mano derecha, teñí varias veces el dibujo y en letras grandes escribí JAJA JAJA. Satisfecho con mi broma fui a almorzar.

Regresé y me dirigí a mi sección, radio, meditando sobre los temas que había que desarrollar. Así que lo de la broma se me olvidó. Estaba definiendo prioridades noticiosas, cuando ingresó uno de mis compañeros y  comentó que escuchó a Jairo Sandoval desde Monitoreo, hablando muy fuerte y exigiendo saber quien se había burlado de él.

Que falla. Me dirigí a esa oficina y tan solo con entrar sentí el ambiente extremadamente pesado.

-          Intente romper ese témpano: ¡Huyyy parece que están en meditación trascendental! ¿Y eso desde cuándo?   

Todos estaban en silencio. Jairo permanecía pálido. Sus cejas parecían querer juntarse, pero la arruga central de la frente estaba tan pronunciada que impedía que se tocarán.

-          Miré hermano, me dijo, no estamos para chistes. Alguien se burló de mí y seguro que usted reaccionaria de la misma forma. Como los compañeros tenían la costumbre de revolcar los documentos que dejo sobre el escritorio, decidí poner un cartel previniéndolos  que no lo hicieran, porque no soporto más el desorden que me hacen.

Continuó,

-          Escribí prohibiendo esa acción. Pero al regresar alguien hizo una afrenta inimaginable. Le muestro. Y extendió un pliego de papel blanco en donde sobresalía una mano roja y unos JAJA JAJA del mismo color. Estoy a la espera que el culpable tenga el valor de aceptar su culpa, agregó.

Mi reacción fue inmediata. Puse mi mano derecha sobre la roja silueta y le confesé que yo era el culpable. Jairo dio un brinco y de pie se desahogo:

-          ¿Usted?, peor, una persona ajena entra, se burla y se va dejando un chispero y un mal ambiente entre nosotros. Es el colmo que haya hecho eso. Estaba rojo de la ira, hablaba en voz muy alta (gritaba) y manoteaba sobre el gran papel.

Cuando se calló solamente atine a decir:

-          Jairo, no sabía el contexto por el cual escribió ese cartel. Lo que hice no fue nunca con el fin de desafiarlo ni de sembrar discordia. No contemplé los efectos de mi proceder.

Le presente las disculpas del caso a él y a los compañeros de Monitoreo. Al salir un suspiro general, deshizo el hielo. 

domingo, 26 de junio de 2011

Vándalo en París



 Con mi familia vivimos muchos años en un cuarto piso. Cuando alguno de nosotros, los varones, llegaba tarde y no tenía llaves, recurría a tirar piedritas o monedas a una de las ventanas, con el fin de despertar a quien dormía en esa habitación. No timbrábamos para evitar  incomodar a los demás miembros de la familia.

Esa fue una costumbre de muchos años. Todos los hombres López Arias éramos expertos lanzadores y solamente bastaba una piedra o una moneda para dar en el blanco. La costumbre nos llevó a medir fácilmente la inclinación, velocidad y fuerza del proyectil. Dicha habilidad nos fue útil en muchísimas ocasiones, inclusive en los apuros de amigos y vecinos.

Pero, una vez, nada menos que en París, la ciudad en donde siempre soñé con tener la oportunidad, entre otras,  de tomar vino y comer queso mirando la torre Eiffel, quise recurrir a esta costumbre de lanzador y se originó todo un lío del cual pude salir gracias a la providencia.

Estaba en comisión en la majestuosa capital francesa. Este desplazamiento se hizo en avión comercial, por lo que yo era el encargado de  confirmar el regreso directamente con la oficina de Avianca en ese país. Si el viaje hubiese sido en la nave presidencial, no habría obviamente necesidad de nada, incluso ni siquiera de ir a  emigración porque un sargento habría hecho todo el trámite del personal desplazado.

Bueno, como llegamos una semana antes que el presidente, y supuestamente con el tiempo suficiente para haber procedido a gestionar la confirmación del regreso, obligatoriamente tenía que hacerlo, así tuviera que evadirme por algunas horas  del trajín de la agenda presidencial.

Ese momento tenía que ser el viernes pues viajaríamos el lunes a primera hora junto con mis compañeros de prensa. Así que en un momento y sin posibilidad que el guía que había contratado la embajada me llevara, emprendí el camino a la oficina de la aerolínea colombiana. Llevaba  un mapa que me prestó dicha persona y que tenía señaladas las indicaciones del caso.

No tuve ningún inconveniente sino hasta que salí de  la estación del metro y me di cuenta que el mapa ya no estaba en mi bolsillo. Me devolví a buscarlo y ya no había nada que hacer. Eran las 4 y 30 de la tarde y esa oficina atendía hasta las cinco. Recordaba que el guía me dijo que aproximadamente  Avianca estaba a unas diez cuadras de esa estación.

Seguro de nuestra bien alimentada malicia indígena, emprendí el camino hacia mi destino. Confiaba  que lo encontraría, así tuviera que hablar  francés.

-          S'il vous plaît monsieur, où est cette adresse ?,

Interrogué a un  señor que paso cerca. El caballero muy amablemente me respondió y con sus manos y gestos complementó la información y se fue sonriendo.  Le agradecí obviamente en francés,

   -     Merci, très sympathique.

Quedé desconcertado. El diccionario para viajeros obviamente funcionaba para preguntar pero no para traducir lo que respondían. Así que no entendí ni jota de esa gentil explicación.
Cambié de estrategia y ya dije que no hablaba francés, que por favor me explicaran como llegar a esa dirección. Así fue que de tumbo en tumbo logré mi objetivo. Faltaban 15 minutos para que cerraran.

Presionado por  las circunstancias, llegué de afán al edificio. Las oficinas de Avianca funcionaban en un tercer piso. Busqué el timbre y no había. Imposible, París, Francia, Europa, El primer mundo y no tenía un miserable timbre esa edificación.

Salía, miraba a ver si alguien de esa oficina se asomaba por la ventana y no. Miraba al pavimento y al asfalto a ver si encontraba una piedra, tampoco,  ese si que era un pensamiento subdesarrollado. El desespero cundió y el instinto de supervivencia se despertó: Busqué entre los bolsillos y encontré unos francos. Una de esas monedas de níquel serviría para llamar la atención de los empleados de nuestra aerolínea bandera.

Así que con el franco en la mano miré al tercer piso, luego a mi derecha y calculé que debería lanzarlo desde la calle y con más fuerza que si fuera con una moneda colombiana, por que la francesa era menos pesada.

Me disponía a tirarla, cuando escuché una voz fuerte y de reojo observé un señor que se acercaba apresuradamente. Llegó a mi lado y agarró mi mano y con la otra, señalaba la moneda y luego estiraba el brazo y decía pum y señalaba una ventana de ese edificio. Sentí que me reprendía como si fuera mi abuelo.

A los segundos se acercó un policía y el señor le mostraba mi mano y luego imitó mis movimientos  de lanzador de monedas. El gendarme me miraba y me hablaba y lo único que yo hice fue mostrarle mis credenciales de prensa y el pasaporte. El asunto se iba complicando hasta cuando observé que del edificio salía una muchacha y miraba un tiquete rojo con blanco.

Le grite desesperadamente, y ella se acercó. Era colombiana. Le explique quien era y que pasaba, ella habló en francés con el guardia, me hizo algunas preguntas y mis respuestas las tradujo al uniformado, quien me regresó mis documentos.

La chica me acompañó. Fuimos al edificio, presionó un pequeño botón que estaba al lado derecho, en la mitad y sobre el  marco de la puerta y ésta se abrió. Solamente era eso, un botón, no los 20 que esperaba encontrar para poder ingresar. 

- ¡La honte!

domingo, 19 de junio de 2011

El espanto de la iglesia

    

Acostumbro a “asustar” a mis seres queridos. Unas veces apareciéndome o desapareciendo de improviso, simulando actitudes que creen confusión o ideando trampas. Obviamente que muchas veces estas no resultan y lo que queda es un sentimiento negativo en el afectado y el empañamiento a mi reputación.

Esto me sucedió hace poco con una señora. Desafortunadamente, desconocida, con ella pasó lo siguiente:

Regresabamos a casa, Lizette, mi esposa dijo que iba a entrar al pequeño oratorio franciscano que queda en la parroquia. Le dije que lo hiciera mientras compraba en la esquina una deliciosa mazamorra limeña hecha con maíz morado, arroz con leche y leche condensada.

Regresé y me ubiqué cerca de la puerta del oratorio. Terminaba de deleitarme con ese fabuloso dulce, cuando se me ocurrió la gran idea de pegarle un susto a Lizette.

Recordé que estaba vestida con pantalón y zapatos negros y una blusa color crema. Así que me escondí y calculé el momento cuando divisara esas prendas para aparecerme intempestivamente y simultáneamente le gritaría. Me imaginaba su cara de terror.

Desde el lugar en donde estaba logre ver las prendas de vestir de mi familiar víctima. Se acercaba con su pantalón y zapatos negros y una blusa clara. Calculadamente salí, grité y oh, el asustado fui yo.

Otro gran grito provino de una garganta no conocida. Una señora de unos 70 años con ojos llenos de pavor, una expresión facial desencajada y pálida, con sus dos manos agitándose desesperadamente como queriendo que el aire fuese una cortina para cerrarla y no ver  la escena, aparecieron frente a mi. No podía ser. No era Lizette, pero vestía muy parecido.

La señora pareció desvanecerse, tiré el recipiente del postre  y afortunadamente logré darle soporte con mis brazos mientras le suplicaba que me perdonara porque había ocurrido  un error. 

No sabía que otra cosa decirle y mucho menos  explicarle el por qué de lo que acaba de hacer, imposible. La dama no podía pronunciar palabra y aún se apoyaba en mí cuando apareció sonriente quien ha debido ser la víctima.

- Hola mi amor, ¿qué le pasa a la señora, está enferma?

De inmediato, la señora recobró su fuerza me golpeó en el pecho y dijo que yo era un imbécil, entre otros calificativos, se sacudió y fue hasta la zona en donde parquean los vehículos. La miramos un momento y Lizette me interrogó sobre lo sucedido.

Mientras iniciábamos la marcha le conté respecto a la confusión ocurrida  y el miedo que tuve al ver a la señora a punto de infartarse. Estaba expresando ese temor, cuando una voz fuerte me estremeció:

-          Oiga usted, ¿Por qué asustó a mi señora? ¿Se cree muy chistoso, no?

Era un señor como de la misma edad de mi ocasional afectada y estaba muy alterado.

Quien intercedió fue mi mujer:

- Señor, hubo una confusión. Mi esposo intentaba asustarme, como de costumbre lo hace y pensó que quien salía del oratorio era yo,  y por eso saltó y gritó. Cómo se le ocurre que él vaya a hacer una broma de esas a una persona que no conoce. Por favor discúlpelo.
Naturalmente que el señor me observó detenidamente intentando descubrir alguna tara que pudiera  concordar con ese repentino proceder hacia una extraña anciana, su  mujer.

Por fin atiné a decir algo:

-Señor, nuestras esposas están vestidas casi en forma idéntica. Solamente que desde donde yo estaba, no podía ver la cabeza de quien aparecía y coincidencialmente pasó  su señora.  Pero dado que vestía como mi mujer, deduje que quien salía era ella y zas que me lance a asustarla…

El señor no me dejo terminar mi explicación. No dijo nada. Me miró con la desaprobación más grande que he podido recibir y volteó la espalda.  Se fue hacia el vehículo y  arrancaron. Pasaron frente a nosotros.  La señora aún me miraba aterrorizada.

Muchos domingos han pasado y en algunos de esos días,  cuando voy a comprar el pan cerca a la iglesia, una pareja de la tercera edad, me mira, ella murmura, se aferra al brazo de su marido y de allí aún  nace una gran incógnita. ¿Qué pensarán?

domingo, 12 de junio de 2011

De lazarillo peligroso



Salía de la Casa de Nariño, para dirigirme a la sede administrativa de la Presidencia de la República,  cuando escuché que uno de los integrantes del personal de seguridad le indicaba a un ciudadano que debía dirigirse al edificio en donde funcionan las oficinas de atención al público.

Me causó curiosidad pues también iba en esa dirección y volteé a mirar y observé que quien recibía la información era un señor invidente. Presto, me acerque y me ofrecí para guiarlo. El funcionario le manifestó al citado ciudadano que afortunadamente encontraba quien lo llevara.

Así sucedió. Agarré el brazo del señor, como normalmente creemos que debe hacerse, pero él se detuvo y con acento de locutor habló:

-          Usted trabaja con el presidente, debe ser muy educado, ¿pero sabe? Casi nadie, sin importar sus estudios y  condición social, sabe que la mejor forma de guiar a un ciego es ofrecerle el brazo para que uno lo agarre y pueda guiarse. Así,  de la forma como lo hace, usted parece el invidente, yo el lazarillo y además su secretario porque le llevo el bastón y también las gafas negras.

Lo dijo con tal seriedad que me sentí regañado, pero al instante soltó una pegajosa risa:
- Juijuijuijui y movía los hombros al ritmo de las carcajadas. De repente esa risa se apagó.

-  Bueno, ya me burlé un rato. Ahora si pongamos serios.  Y dirigiendo su rostro hacia donde me encontraba manifestó:

- Entonces yo me aferro a su brazo así voy más seguro y puedo “cerrar mis ojos”.

Encogió el tradicional bastón que usan los invidentes y me apretó el brazo, como cuando el jinete presione a su cabalgadura.  Iniciamos la marcha hacia la otra edificación.

La distancia era muy corta, no pasaba de los 150 metros. Había que salir por la carrera octava, llegar a la calle séptima, pasar por esa cuadra del palacio que es la entrada para los vehículos, cruzar luego la carrera séptima para después de caminar unos 40 pasos, arribar a la sede administrativa.

- Me imagino que es la primera vez que sale a pasear de gancho con un cieguito, juiuiuiui, anotó mi acompañante.

Con mi ocasional y burlón compatriota volteamos por la esquina, sitio en donde el anden se vuelve casi cinco veces más ancho que los normales, nos acercábamos a las puertas vehiculares, miré a los soldados que hacen guardia y por estar pendiente de saludarlos, olvide decirle a mi acompañante que justamente en ese sitio había un insólito escalón.

El señor tropezó, no logró asirse bien de mi brazo y cayó.
-          ¡Dios mío!, exclamó desde ese suelo tapizado con baldosín rojizo, ¡no puede ser que me hayas enviado un sicario de ciegos y que el atentado ocurra frente a la casa del presidente! ¡Afortunadamente no era un hueco!

Lo dijo casi gritando y por supuesto los dos soldados uniformados de azul, del batallón Guardia Presidencial, me miraron con cierto recelo y por su expresión no sabían si era en serio o en broma la proclama.

Avergonzado por mi despiste, le ayude a ponerse de pie, le presente mis dolidas disculpas a lo que respondió:

-          Lo que faltaba, ahora parece que el afectado es usted porque con esa voz chillona y seguro que con los ojos llorosos, la gente se preguntará que le haría ese miserable ciego, ¿no? Juijuijui….

Definitivamente el humor de este parroquiano era especial.
-          Bueno, sigamos que yo tengo una cita con un consejero que parece que me va a ayudar, apurémosle y sacudiéndose el pantalón y el saco me agarró nuevamente el brazo y me presionó con su mano. Seguimos andando.

Pero aún faltaba otra pulla:
-          Es que no lo puedo creer. Increíble que me vaya de jeta nada menos que frente a la casa del presidente de Colombia y que el culpable sea uno de sus colaboradores. Definitivamente, hoy si cambio de refrán: No hay peor ciego que un despistado.

Y así entre puntillazos llegamos a la sede administrativa. Obviamente  le avise que debía subir unas gradas, que la puerta era angosta y que debía cruzar por un escaner de seguridad. Lo guié hasta donde el soldadito que manejaba el aparato electrónico, pero antes de pasar por el sistema de seguridad dijo en voz alta:

-          Gracias Señor, por fin he llegado a un sitio seguro. Que sería de mi si tuviera que andar otras cuadras más con este enemigo. Y tanteando en donde yo estaba, me ubicó, me cogió del saco y en voz baja me dijo:

-          Gracias por el favorcito, la próxima vez esté pendiente de lo que hace y con quien lo hace y si Dios no quiera, llegara a perder la vista, nunca pierda el sentido del humor.

Y dando bastonazos siguió a su cita.  

sábado, 4 de junio de 2011

Pirómano por... (ya se imaginan)




No pasaba aún de los 16 años de edad y ya llevaba tres enamorado perdidamente de esa muchacha cinco años mayor que yo. Ese amor platónico me condujo a que un día con el dinero para pagar la pensión del colegio Cafam, tomara una flota San Vicente y me dirigiera a Popayán, ciudad en donde residía desde hacía unos pocos meses mi imprescindible fantasía.

Tenía las indicaciones del nuevo hogar de mi amada, porque la mamá me indicó con todo detalle las coordenadas para que viajara en las vacaciones de fin de año. Pero debido al desespero de enamorado, arribé seis meses antes.

Era una finca que quedaba cerca de la ciudad capital del departamento del Cauca. A pie, desde el centro, se llegaba en media hora. Se llamaba Los Sauces y había sido abandonada por sus dueños, a causa de la invasión realizada a la entrada del terreno y la construcción de humildes viviendas.

Ante la urgida necesidad, los familiares de mis amigos, solo pudieron ofrecerles ese inmueble, que pese a su deterioro, entregaba mucha comodidad por su amplitud y una preciosa vista, porque  se ubicaba sobre una colina.

Una historia decía que allí había pernoctado una noche el Libertador Simón Bolivar, camino al sur del país. También, que por ahí estaba enterrada una inmensa guaca, escondida en un túnel de varios kilómetros, construido por los indígenas y que en las noches se escuchaban las pisadas de miles de indios trabajando en ese subterráneo.

Así que el palacio de la reina, dueña  de mi mente, tenía sus fantasmas como en todo cuento de hadas que se respete, y además, contaba con la categoría social adecuada para que ella, desfilara entre la admiración del pueblo.

La casona colonial en efecto era muy grande. Alcobas, comedor, cocina, alacena  y baños, se ubicaban alrededor del gran patio. Para cocinar se usaba la leña, que íbamos cada tres días a conseguir en la montaña. Para que el fuego encendiera rápido usaban gasolina, la cual extraían de un bidón de cinco galones.

La consigna de todos los días era que quien se levantara primero, encendía “con extremo cuidado” el fuego y preparaba el café. La advertencia incluía cerciorarse que no hubiera brasa en la estufa para así empapar los leños con el combustible y éste debía haber sido trasvasado  a una botella o mojado en un pedazo de tela.

Ese día me levanté  como a las seis de la mañana. Luego de dar una vuelta por los alrededores de la casona, me dirigí a la vieja cocina y me deleité un rato observando lo amplia y alta que era. Me impresioné con las grandes puertas de una alacena auxiliar y quedé fascinado por esa estufa tan vieja, pero tan fuerte.

En ese instante me decidí a preparar el café.

No recordé ninguna de las indicaciones. Con mucha dificultad alce el bidón y lo puse sobre la estufa. Calculé y bastaría con que lo inclinará unos pocos centímetros para que cayeran algunas gotas de gasolina sobre unos maderos que estaban apagados, luego bajaría el colosal envase plástico y procedería a prender el fuego.

Eso hice, pero sin cerciorarme si había tizones entre esa leña. Error. El fuego se levanto, entró al bidón, lo solté, la gasolina se extendió, una parte de mi cabello se prendió, los zapatos tenis se encendieron y salí corriendo de la cocina.

n      ¡Fuego, fuego, provoqué un incendio en la cocina !, gritaba desesperadamente.   
De inmediato fueron saliendo mis anfitriones. Peter, Raúl, Adolfo y ella, Patricia, quien atinó a ponerme una toalla en la cabeza y un chal en los píes.

-          Todos al jeep, dijo Peter  y acatamos la orden. El vehículo arrancó, bajamos la colina, se detuvo para que yo abriera la portada, volteamos a mirar y salía humo de la parte trasera de la casa.

-          ¡Un momento grito Patricia, dejamos a mi mamá!

Claro, doña Lucila estaba enferma y seguramente no escuchó todo ese ruido. Peter puso reversa y nos devolvimos por la mamá. Nos bajamos a rescatarla y ella con cobijas, almohadas y unas hamacas estaba controlando el incendio.

-          Vengan, ayúdenme, ordenó.

El fuego desapareció. El humo comenzó a disiparse, la cocina quedo totalmente negra. Todos me miraron y como si estuvieran de acuerdo menearon la cabeza. Ellos ya me conocían por algo que una vez les hice en su apartamento en Bogotá.  


domingo, 29 de mayo de 2011

El día que casi ayudo a cambiar la historia de Colombia



Rioacha, Guajira. Ante una población que insistentemente lo aclamó, el presidente Virgilio Barco anunció algunos de los planes inmediatos de su gobierno para esa región,  en su segundo viaje que realiza al cumplirse 15 dias de su posesión.

Este era más o menos el primer intento del encabezado que haría para la nota que enviaría a Bogotá. Todos en la comitiva estábamos emocionados por el recibimiento y el estupendo desfile colegial que con presencia de instituciones de la región y del estado venezolano de Barquisimeto acaba de realizarse frente al edificio de la gobernación.

Era mi primer viaje con mi jefe, porque como recordarán en la campaña presidencial fui asignado a cubrir la campaña del doctor Álvaro Gómez. Incluso, antes de despegar, en el aeropuerto de Catam, el secretario privado me presentó al presidente como “nuestro espía en la campaña contraria”, a lo que mandatario dijo con un humor que me sorprendió:

-          ¿Y ahora cómo estaremos seguros que usted no es el espía de ellos en la presidencia?

Esa anécdota aún rondaba en mi cabeza y me complacía que fuera hecha porque mi trabajo debía ser conocido, pese a haber sido descubierto tan tempranamente.

Llegamos a la bella Rioacha y aún me parecía estar en una película. La multitud en las calles, banderas, seguridad, desfiles de escolares, en fin, no asimilaba aún mi papel en ese retazo de tiempo.  Estaba en ese segundo piso del despacho de la gobernación, con el mar Atlántico y el bello malecón de telón, muchísima gente afuera y entre el poder, estaba yo.

El presidente Barco tenía en su mano un vaso de whisky y de un momento a otro lo puso  sobre el escritorio, abrió una de las ventanas,  extendió los brazos y los agitó. La gente gritó “Que hable, que hable, que hable…”

Un sentimiento de enorme felicidad recorrió a ese hombre de rostro colorado, canoso, alto, de guayabera blanca, pantalón gris y de hablar enredado.

El gobernador acababa de salir.  Quedamos en el recinto, algunos secretarios de despacho, unos agentes de seguridad, la secretaría privada del Jefe de Estado, unas señoras mi compañero y yo.


El mismo presidente Barco se respondió:

- Quieren que hable, ¿no? Y me dirigió su mirada.

Dude un momento, miré alrededor y moví mi cabeza afirmativamente. Nadie dijo nada. Inexplicablemente, pareció que todos tácitamente concordamos con que el pueblo quería que su presidente les hablara. Pensaba en eso, cuando nuevamente él salió a la ventana y levantó los brazos varias veces. A cada movimiento se elevaba esa ola de voces: “Que hable, que hable..que hable..”. El presidente parecía el director de un gran coro.

No había duda.  Ya me disponía a decirle al técnico de radio que instalará micrófono, amplificación y conexión telefónica a Bogotá, para transmitir las palabras del Jefe del Estado por la Radiodifusora Nacional de Colombia, cuando el doctor Barco me ordenó “sonido, ya,  de inmediato”.

-          “La gente quiere que hable y lo haré ya.  Y volvió a sacar sus brazos por la ventana y los guajiros a rabiar repetían que hable, que hable.

Mi compañero de radio estaba terminando de instalar el equipo de amplificación, cuando entró apresuradamente el edecán de la Armada Nacional, se dirigió directamente al presidente y le susurró algo. Inmediatamente él miró hacía la ventana, palideció, fue por su vaso de trago y se sentó.

El uniformado de blanco, se dirigió luego hasta donde me encontraba con el técnico y me advirtió:

-          Pilas mono, ya le dije al presidente que no vuelva a sacar los brazos por la ventana, porque por ahí pasan unos cables de alta tensión y por eso la gente le grita cada vez que sale: El cable, el cable, el cable, ¿no ha puesto atención?

¡Uffffff!

-

domingo, 22 de mayo de 2011

El avión, el avión...que no era...




“Señores pasajeros les habla el capitán. Bienvenidos a su vuelo con destino a San Juan de Pasto”.

Hacia algunos minutos que habíamos despegado. Iba  con el cinturón abrochado, miré un poco a través de la ventanilla y comenzaba a hojear una de las revistas que las empresas de aviación le ponen en el bolsillo trasero a los  asientos o también, dependiendo de la perspectiva, frente al usuario para que se entretenga y de paso lea un material casi siempre muy seleccionado.

Bien, iba en el proceso de relajamiento para mi retorno desde la ciudad de Cali a Bogotá, mi patria chica, sede de mi hogar y especialmente de mi actividad laboral, cuando el mandamás de la aeronave volvió añicos mi tranquilidad.

Como si fuera un pistolero del viejo oeste, corrí mi mano hacia la correa sintética, a una velocidad creo que superior  a la de un Búfalo Bill  cuando se enfrentaba al peligro, desabroché el cinto gris,  brinqué de  inmediato  y girando la cabeza como muñeco de ventríloco  lancé un grito de mal herido y en modo imperativo dije:

n      ¡Bogotá!

Busqué en todos los puntos cardinales  una mirada, de complicidad, sola una,  pero   ninguno de los pasajeros me brindó un gesto afirmativo. Me dio la impresión que todos se habían puesto de acuerdo para llevarme la contraría. Repetí, pero esta vez en tono de interrogación y suplicante:

-         ¿Bogotá…..?

Hacía donde viajaba  mi vista, encontraba ahora el tradicional meneo de cabeza, indicativo de negación. No podía ser, esta vez si que por despistado había volado muy alto. ¡Qué vaina!

Como siempre y ese es un punto fabuloso a nuestro favor como colombianos, la chica que estaba a mi lado se solidarizó y  me  expresó unas palabras muy consoladoras:

-         Si este vuelo  no era el suyo, pues no saca nada con amargarse. Mejor disfrútelo, hablé con la azafata, y a la llegada a Pasto seguro que le solucionarán el problema.

Tenía razón mi ocasional consejera. Pero el lío era que me había pasado dos días de los tres de comisión que me autorizaron para conseguir material para unas locaciones del programa de Erradicación de la Pobreza Absoluta.

Pobre de mí pensé. Si no logró que me arreglen mi situación podré hasta ser despedido. ¿Pero qué pasó para que llegara a esta situación?  Recordé paso a paso: Salí de la sala de espera del aeropuerto Bonilla Aragón de Cali hacía la pista. Me dirigí al avión que estaba más cerca, claro, más allá, se encontraba otra aeronave, que si debería ser la que tenía como destino Bogotá.

Cavilé sobre mi mala suerte y me dije que nada podía ser más grave que encontrarme con otro u otra despistado (a). Esta vez, mi aliada  era  la aeromoza. Recordé cual era y esperé a que pasara con el refrigerio. Cuando se me acercó le comenté de mi caso y muy sorprendida dijo que eso no podía haber sucedido. Que cuando terminará  chequeaba nuevamente el paso a bordo.

Efectivamente, minuto antes de aterrizar en el aeropuerto Antonio Nariño, a 35 kilómetros de Pasto, la simpática chica se acercó y me solicitó el  respectivo desprendible. Su agradable expresión cambio, se torno muy seria y me dijo que esperara un momento.

Se dirigió a la parte de atrás de la aeronave y me imaginé que era para consultar con sus colegas el inconveniente. Regresó y me preguntó si llevaba equipaje en la bodega. Le respondí que solamente maletín de mano, lo que al parecer para  ella fue un alivio.

-         Por favor, le ruego que no se baje. Lo devolveremos en este mismo vuelo que debe de estar saliendo en una hora aproximadamente. Le presento mis disculpas señor, pero estos casos  son ocasionales y sólo ocurren con  gente muy despistada, y se fue.

Cuando arribé al aeropuerto El Dorado, ya nadie del equipo de transporte de la Secretaría de Prensa me esperaba. Claro, habían pasado dos horas desde la llegada del vuelo procedente de Cali. Estuve seguro que quien fue a recogerme, sospechó que mínimo me había dejado el avión y que mi regreso era toda una incógnita.   

viernes, 13 de mayo de 2011

Broma, confusión y bofetón



Estos hechos sucedieron en Lima, hace cuatro años, cuando aún con Lizette éramos novios.

Ella sufrió en una pierna la picada de una araña casera y por la gravedad del veneno inoculado tuvo que ser hospitalizada en la clínica Meson de Sante en el centro de la capital peruana. Su estadía fue de cuatro días en una habitación doble, con una señora  de unos 65 años, quien estaba próxima a ser dada de alta, luego de una sencilla intervención quirúrgica.

Al tercer día de ir a la clínica, antes del medio día esa paciente fue autorizada a salir y se me ocurrió la idea de hacer una broma y de paso, almorzar junto a mi enamorada.

Tan pronto la señora se fue de la habitación, observé  a Lizette que cabeceaba del sueño y sin hacer el mínimo de ruido saqué del closet unas cobijas y una almohada y sobre la cama libre hice un muñeco. Lo acomodé de tal forma que quedó en posición fetal contraria a la puerta  y lo arropé. Perfectamente simuló una persona.

Lizette permaneció dormida  los 10 minutos que duró mi actividad. Así que cuando despertó, y luego de la acostumbrada sonrisa entre novios, miró hacia la  otra cama y se sorprendió.

-          Amor, ¿acaso a la señora no la autorizaron  para salir?
-          ¿Qué pasó?

Sonriendo, le conté que era una broma para que el personal encargado de la alimentación dejara el almuerzo de la señora y así yo podría acompañarla con el de ella. Sonrió y así se convirtió en cómplice.  Quedamos a la expectativa del desarrollo de la “gran” iniciativa.

Mientras tanto, decidí ir a comprar algunos de los famosos periódicos “chicha”. Cuando regresé Lizette me dijo riendo:


n      Imagínate que entró una enfermera y miró hacia la cama. Se le hizo raro  observar a una persona acostada. Así que se acercó, llamó a la señora que supuestamente estaba, y al no obtener respuesta, la movió, se le hizo raro y la destapó. Mi novia tuvo que hacer una pausa pues no podía hablar a causa de la risa.

n      La chica se asustó y pegó un grito y después comenzó a reírse, comentó. Cuando se calmó, no tuvo más que decirme que los chicos de limpieza  frecuentemente le hacían bromas, pero que esta vez si se habían pasado.

Mi plan de almorzar a cargo de la clínica se había esfumado. No me quedaba otra que comenzar a desbaratar al muñeco.

Me acerqué a la cama y metí mis manos por debajo de las cobijas para sacar  “las extremidades”,  cuando se abrió la puerta y apareció una señora con su respectiva cartera y una bolsa plástica. Me miró, sus ojos se abrieron desmesuradamente y gritó:

-          ¡¡ Pervertido, auxilio, le están cogiendo las piernas a mi mamá!! y de inmediato se acercó y me dio tremenda bofetada a la vez que me decía a todo pulmón:

-           ¡Desgraciado, ¿como se atreve a hacer sus perversiones a una señora de edad y además enferma?

Esa insólita escena, no pudo haber estado nunca entre mis previsiones. Así que la única reacción ante este hecho, fue tirar de las cobijas  y dejar al descubierto mi obra y mis verdaderas intenciones.

Esta vez si que pude observar, por primera vez,  lo que en verdad son un par de ojos absolutamente desorbitados. Increíble el tamaño que logran alcanzar y la sensación que producen a punto de saltar.

La señora quedo sin habla. Fue el momento ideal para explicarle lo que sucedía:

-          Mire, le dije, tartamudeando, la señora que estaba aquí fue dada de alta hace como una hora y decidí hacerle una broma a las enfermeras. Esta parte final de la frase me salió como una queja de adolescente, mientras me sobaba la mejilla afectada.

-          Mire señor todo lo que produjo su estúpida broma, replicó, Yo no sabía que mi mamá ya se había ido, porque no traje mi celular. Entonces, ¿imagínese lo que sentí cuando entro y lo veo a usted metiendo las manos entre las cobijas de mi viejita, pues lo primero que pensé fue eso, que un pervertido estaba abusando de ella….y comenzó a reírse.

-          Bueno, adiós y ojala no siga haciendo esas cosas y con una estruendosa carcajada mi agresora salió de escena.

Estaba estupefacto. Lizette se retorcía de la risa. Entró la chica con su carrito para dejarle el almuerzo. Mire la bandeja y murmuré que mejor iba al restaurante. Fui a uno cercano y mientras me atendían  pude sentir en la mejilla las palpitaciones que quedaron luego de tan sonoro golpe.